C132 -SIN NADA QUE PERDER
La puerta principal de la mansión se abrió de golpe y Angelo entró con el rostro desencajado, los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tan apretada que sus dientes parecían a punto de romperse.
Aurora, que estaba esperando noticias en la sala, se levantó sobresaltada, llevándose una mano al pecho.
—¡Angelo! ¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara? ¿Pasó algo con Alan? ¿Está bien?
Él respiró hondo, pero su voz temblaba de una rabia incontenible.
—Alan está bien —hizo una pausa trágica—. Pero me dijo quién lo mandó al coma.
Un nudo se instaló en el estómago de Aurora; sus ojos se abrieron con temor, como si ya presintiera que lo que estaba a punto de escuchar cambiaría sus vidas para siempre.
—¿Quién?
—Logan y Jimena —escupió cada palabra como si fuera veneno—. Ellos lo hicieron. ¡Son amantes y han estado jugando con todos nosotros todo este tiempo!
Aurora se quedó blanca como el papel, tanto que sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en una consola para no caer.
—Santo Dios… —balbuceó.
Angelo tragó saliva y el dolor en su pecho era lacerante, como si alguien hubiera clavado un cuchillo en su corazón y lo estuviera retorciendo lentamente.
—Y William… —añadió con voz quebrada—. Es hijo de Logan.
El shock en el rostro de Aurora fue total. Sus labios se abrieron mientras su mente intentaba procesar la magnitud de la traición.
—¿William? ¿Hijo de Logan?
—Sí. Alan descubrió su aventura, descubrió todo, ¡carajo! Y por eso… por eso causaron el accidente.
Las manos de Angelo se apretaron en puños y, con un rugido de furia, barrió todo lo que había sobre la mesa cercana.
—¡Esos malditos deben pagar!
Aurora, sin embargo, pensaba en William. En su inocencia, en su sonrisa, en cómo corría a abrazarla cada vez que la veía.
—Mi amor… sé que… esto es cruel, lo sé… pero William… él no es culpable.
Angelo la miró con una tristeza infinita.
—Lo sé —dijo ahogado—. Lo sé… Y en este momento… no me jode tanto que esa perra y Logan hayan hecho lo que hicieron, sino él… No sé dónde está. Qué va a ser de él, amor… Sea como sea… es mi sobrino… y lo quiero… aquí —señaló el piso con su dedo y agregó con firmeza—: Conmigo.
Aurora fue hacia él y lo abrazó; Angelo la rodeó con sus brazos y cerró los ojos, permitiéndose un momento de vulnerabilidad en medio de la tormenta.
—Jimena se lo llevó y tengo miedo… —confesó—. Miedo a que… lo lastime.
Ella se apartó y vio el dolor en sus ojos.
Sabía que era difícil para él porque en cuestión de poco tiempo había recuperado a su hermano después de ocho años, pero también había descubierto la traición de su cuñada y su socio. Y ahora se daba cuenta de que el niño al que adoraba no tenía nada que ver con él, al menos no por sangre.
—Vamos —dijo Angelo con determinación renovada—. Vamos a la casa de Logan, vamos a enfrentarlo ahora mismo.
Aurora asintió, aún en shock, y así salieron disparados hacia el auto. Pronto llegaron a la mansión de Logan y todo estaba oscuro. Angelo tocó el timbre, golpeó la puerta con fuerza una y otra vez, hasta que finalmente se encendió una luz y la puerta se abrió.
—¿Sí? —preguntó una mujer mayor, el ama de llaves.
—¿Dónde está Logan? —exigió Angelo, empujando la puerta y entrando sin esperar invitación.
La mujer le dio una mirada nerviosa y retrocedió.
—No lo sé… el señor… se fue.
—¿Cómo? —preguntó Aurora adelantándose.

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