C133 -AMARGURA
Alan estaba sentado en la silla de ruedas junto a la ventana, observando el movimiento estéril del jardín del hospital. Su aspecto físico había mejorado, el color había vuelto a su piel, pero su rostro era una máscara de hielo tallada por el rencor. Un fisioterapeuta terminaba de mover sus piernas en ejercicios de resistencia mecánica.
—Muy bien, señor Russo. Está progresando más rápido de lo esperado —dijo el hombre, intentando sonar animado.
Alan ni siquiera lo miró.
Se limitó a asentir con un movimiento de cabeza casi imperceptible. El terapeuta, intimidado por ese silencio que pesaba, salió de la habitación rápidamente y minutos después, la puerta se abrió de nuevo y entró el doctor que seguía su caso, revisando una tableta.
—Buenas noticias, Alan. Sus exámenes son excelentes, la recuperación neurológica es completa. Podrá irse a casa mañana por la mañana —anunció el médico con profesionalismo.
Alan finalmente giró la cabeza, fijando sus ojos azules en el doctor.
—¿Y mi movilidad? ¿Cuándo podré caminar sin ayuda?
—Eso llevará semanas, tal vez meses de terapia intensa. Pero con dedicación…
—No tengo tiempo para meses —lo interrumpió Alan con sequedad—. Necesito estar de pie. Necesito poder sostener un arma.
El doctor se quedó mudo, sorprendido por la crudeza de la petición. Pero decidió no profundizar en la psique de un hombre que acababa de despertar de un abismo de ocho años. Así que asintió con incomodidad y salió de la habitación.
Alan volvió a la ventana, mientras su puño se cerró con tanta fuerza sobre el brazo de la silla que los nudillos crujieron.
—Logan… Jimena… —susurró para sí mismo—. Ocho años. Ocho años de mi vida que me robaron. Van a pagar, los voy a hacer pagar cada maldito segundo.
El día del alta, Angelo llegó al hospital; no había dormido, lidiando con el colapso de la empresa y los secretos familiares. Sin embargo, no abandonaría a su hermano, por eso lo ayudó a subir al auto en silencio.
—Te contraté una enfermera, Alan. Estará en la mansión las veinticuatro horas para tus terapias y medicinas —dijo, mientras el chofer maniobraba el vehículo hacia la salida.
Alan soltó una carcajada amarga, sin pizca de gracia.
—¿Una enfermera? Lo que necesito es un guardaespaldas y un informante, no alguien que me dé masajes —escupió con acidez—. Dime la verdad, Angelo. ¿Dónde están? ¿Dónde carajo están Jimena y ese maldito?
Angelo apretó las manos sintiendo que la garganta se le cerraba.
—Todavía no hay noticias, Alan. Los estamos buscando por cielo y tierra.
Angelo ya le había confesado la realidad más cruda: Jimena y Logan habían huido llevándose a William. Y tras ese golpe, le dio la noticia de la muerte de Adelina, la abuela que para ambos había sido una madre y ahora el corazón de los Russo estaba bajo asedio.

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