C135 -TÍO...
La casa de Rachel era acogedora y William estaba sentado en el sofá, ya no acurrucado, sino algo más relajado. Sostenía un vaso de leche con chocolate mientras Rachel estaba sentada a su lado, tejiendo una bufanda de colores.
Habían pasado días desde el rescate y el niño había empezado a hablar, poco a poco. Rachel había sido paciente, amorosa, constante.
—¿Te gusta el chocolate caliente con canela? —preguntó sonriendo—. Mi abuela me lo preparaba así cuando era pequeña.
William asintió, con una pequeña sonrisa, pero luego su expresión se volvió seria.
—Cariño —dijo Rachel acariciando su cabello cobrizo—, tienes que… que decirme qué pasó… tal vez… tus padres están preocupados… o… alguien a quien quieras mucho te extraña…
Los deditos de William apretaron el vaso y la imagen de su madre cayendo al suelo, y luego el bosque, le llegó de golpe, asustándolo. Sus labios temblaron y las lágrimas se acumularon.
Tenía miedo… mucho miedo.
Pero también sabía que lo que decía Rachel era verdad; quizás el tío Angelo estuviera buscándolo, estaba preocupado y si volvía con él, no dejaría que el hombre malo lo atrapara.
Por eso dejó el vaso en la mesita y la miró.
—Rachel… ¿tú… tú sabes quiénes son los Russo? —preguntó con voz queda.
Rachel dejó caer una aguja y su corazón dio un vuelco. Por supuesto que sabía quiénes eran los Russo. Como una de las familias más poderosas de la ciudad, los conocía, no solo por trabajo; eran sus amigos. ¿Por qué William los nombraba?
—Sí, cariño —respondió cautelosa—. Los conozco. ¿Por qué preguntas?
William la miró directamente a los ojos.
—Porque yo soy William Russo.
El silencio se congeló en la habitación y Rachel abrió la boca, pero no salió ningún sonido; luego se levantó lentamente, dejando el tejido a un lado.
—¿Eres… eres el hijo de Angelo Russo? —preguntó con shock total—. ¿Tu mamá es… Aurora Russo?
William negó.
—Mi mamá se llama Jimena —dijo con voz temblorosa—. Y Angelo es mi tío, el que me enseñó a jugar fútbol.

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