C37-¿MI PAPI ES SEAL?
Aurora abrió la boca y la cerró. Pero su corazón empezó a latir tan fuerte que podía salírsele del pecho y supo, en el mismo instante en que la pregunta salió de los labios de su hija, que el momento había llegado.
El que llevaba ocho años posponiendo, esquivando, enterrando bajo rutinas, risas y silencios cuidadosamente construidos. Porque al final, las preguntas siempre llegan.
Tragó saliva, buscando una calma que no sentía.
—Cariño... —empezó, despacio, midiendo cada palabra y Angela se encogió de hombros sin mirarla, concentrada en la foca que abrazaba contra su pecho.
—En el cole... —dijo—. Para el árbol genealógico hay que poner los nombres de los papás. Y yo puse el tuyo y... —se quedó en silencio— el de mi papá lo dejé en blanco.
El dolor fue inmediato, punzante y Aurora la rodeó con los brazos, apretándola contra su pecho.
—Lo sé, mi amor. Lo sé... Es un tema un poco triste para mí. Pero tienes derecho a saberlo —respiró hondo— su nombre... es muy especial.
Angela levantó la cabeza y sus ojos azules, tan claros, tan parecidos a los de él, la miraron con una atención que no era común en una niña de ocho años.
—¿Mi papi es SEAL? —preguntó de pronto.
Aurora se quedó helada.
—¿Qué...? —la miró, sorprendida—. ¿Por qué dices eso?
Angela se bajó de la cama sin responder, caminó hasta su escritorio, abrió un cajón y sacó un papel doblado con cuidado.
Volvió y se lo tendió.
—Porque vi una foto —dijo—. Una vez.
Aurora tomó el dibujo con manos temblorosas.
Era torpe, infantil. Pero claramente se veía a un hombre alto, con uniforme, ojos grandes y azules y a su lado, ella tomada de su mano.
Su corazón se rompió.
—Lo dibujé para tener algo de él —continuó Angela, con sinceridad—. Así no se me olvida.
Las lágrimas cayeron antes de que pudiera detenerlas y Aurora apretó el dibujo contra su pecho y luego volvió a abrazar a su hija, fuerte, como si quisiera protegerla de todo.
—Mami... —la vocecita sonó suave—. ¿Cómo se llama?
Aurora escondió el rostro en el cabello de Angela para que no viera la culpa que le cruzó los ojos.
—Su nombre es... —se obligó a decirlo— Angelo.
Se apartó un poco y le acarició la mejilla con los dedos.
—Por eso tú eres Angela.
La niña abrió los ojos, sorprendida y cuando entendió, sonrió orgullosa.
—Casi igual que yo...
—Sí —asintió Aurora, intentando sonreír—. Casi igual.
—Adelante.
La secretaria asomó la cabeza.
—Señorita Sterling, dejaron esto en recepción. Pero... no tiene remitente.
Aurora frunció ligeramente el ceño y tomó el sobre. Era simple y sin sellos llamativos. Agradeció con un gesto y esperó a quedarse sola para abrirlo.
Rasgó el borde con cuidado y lo primero que cayó fue una fotografía.
Aurora se quedó inmóvil.
Era vieja, de papel grueso, ligeramente amarillenta en las esquinas. Pero ella reconoció la escena al instante: un día soleado, un parque, una banca de hierro. Su madre sonreía con el cabello recogido de forma descuidada, mientras su padre la rodeaba por los hombros. Estaban tranquilos y vivos.
Ante el recuerdo la respiración se le cortó.
—No... —susurró.
Esa foto no estaba en ningún álbum y Aurora recordaba perfectamente haberla guardado en una caja, años atrás. Una que había desaparecido tras el funeral, una que había dado por perdida.
Sus dedos temblaron al tomar la nota que estaba pegada atrás. Estaba escrita a mano, con tinta negra, letras firmes, sin adornos.
"Su muerte no fue un accidente."
El mundo se inclinó y Aurora apoyó la mano libre en el escritorio para no perder el equilibrio. Pero el sonido de la oficina, las voces lejanas, el zumbido del aire acondicionado, todo se volvió distante, amortiguado, como si estuviera bajo el agua.
—¿Qué...? —intentó decir, pero no le salió la voz.

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