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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 36

C36- ¿CÓMO SE LLAMA?

Las manos de Angelo se movieron con decisión, una aferrándose a la cintura de Aurora y la otra sujetando firmemente su nuca, enredando los dedos entre sus cabellos. Era un beso de hambre pura, de desesperación salvaje y experiencia masculina.

Él no buscó convencerla con ternura; la invadió. Sus labios, antes tensos por el dolor, se movieron contra los de ella con una seguridad devastadora, sabiendo exactamente cómo hacerla partir y aunque intentó resistir, su lengua encontró la de ella.

Aurora sintió que algo se quebraba dentro de ella.

Un gemido traicionero escapó de su garganta mientras su cuerpo recordaba lo que su mente quería olvidar.

Y entonces, se rindió.

Pero no fue una rendición dulce, fue una explosión. Como si un cable cortado en su interior volviera a conectarse, enviando una descarga que la recorrió de pies a cabeza, ella dejó de empujarlo y sus manos, antes crispadas en puños, se aferraron a su piel, necesitando anclarse a algo mientras el mundo daba vueltas.

Porque él la estaba besando con la memoria en los labios.

Cada movimiento de su lengua, cada cambio de ángulo, era un mapa que ambos conocían. Donde él la dominaba, sí, pero con la maestría de quien conoce cada rendija de su alma. Su cuerpo, duro y masculino contra el suyo, la rodeaba, la envolvía en un calor que hacía olvidar el frío de la caseta y ella podía sentirlo: su fuerza contenida en sus brazos, la promesa de más en la presión de sus caderas.

Angelo Russo era sexy en su descontrol, poderoso en su vulnerabilidad. Era Angelo, su Angelo, el que solo ella había conocido así.

Y entonces el beso los transportó.

Dejaron de estar en un cobertizo mugriento y fueron arrojados a su pasado: a la cama grande de su habitación, a las madrugadas donde se perdían el uno en el otro, a los besos y los gemidos que eran oraciones. Era el mismo roce de lenguas, la misma forma en que él gemía en lo profundo de su garganta, la misma manera en que ella se derretía contra él.

Fue infinito.

Un minuto, una hora, una eternidad en la que solo existieron sus bocas buscándose, bebiéndose, tratando de saciar una sed de ocho años.

Y cuando finalmente Angelo se separó, fue solo lo necesario para respirar. Pegó su frente a la de ella y su voz salió rasgada por el deseo.

—Solo finges... Aurora... no se puede odiar a alguien si lo besas como acabas de besarme a mí.

Esas palabras fue como si activaran un interruptor de hielo y el rostro de Aurora se congeló.

La pasión, la confusión, el deslumbramiento, se esfumaron, siendo reemplazados por un horror frío y absoluto.

Se apartó de él con brusquedad.

—¿Eso crees? Pues ahí está tu error, Angelo. Mi cuerpo puede recordarte, pero mi memoria es perfecta. —Sus ojos brillaron peligrosamente—. Lo único que has probado es que sigues siendo el mismo egoísta de siempre, tomando lo que quieres sin permiso. Felicidades, acabas de confirmar por qué te desprecio tanto.

Aurora se limpió la boca con el dorso de la mano, despacio, como si borrara una mancha y él la miró como si acabara de perder el último órgano vital.

—Aurora...

—No vuelvas a tocarme —sentenció—. Nunca más.

Se giró hacia la puerta, erguida, cruel, intacta por fuera aunque por dentro todo le ardía.

—Quédate con tu culpa —añadió sin mirarlo—. Yo ya pagué la mía.

Para cuando Aurora volvió a casa ya era tarde, y el frío no estaba solo en la ropa mojada, sino metido bajo la piel. Subió las escaleras con pasos rápidos, furiosos, mientras su mente no dejaba de atacarla.

«Ridícula. Patética. ¿Cómo se te ocurre corresponderle? ¿Dónde quedó tu dignidad?»

Se quitó los zapatos de un puntapié y bufó para sí misma.

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