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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 50

C50- ¿QUIERES QUE TE ENSEÑE?

Angelo se acercó mientras Aurora, aunque incómoda, aceptaba por educación la ayuda del pretendiente. El hombre la colocó frente a la pelota, se pegó a su espalda y le agarró las manos para "corregirle el swing".

Era demasiado, pensó ella, sintiendo un escalofrío de molestia que le subía por la espina, pero se mordió la lengua para no ser grosera.

Angelo, a cinco metros, tomó su palo de golf, miró la escena con una expresión de hielo y ejecutó un golpe corto y descontrolado. La pelota blanca describió un arco perfecto y golpeó con un ¡POP! sonoro en la espalda del hombre.

El tipo gritó de dolor y sorpresa, girándose furioso mientras se frotaba la zona golpeada, con el rostro enrojecido por la rabia y la confusión.

—¡Aaagh! ¿Quién demonios...?! —bramó, buscando al culpable con ojos entrecerrados—. ¡¿Quién fue el imbécil que me dio?!

Aurora también miró, y el aliento se le cortó en la garganta al verlo.

Allí estaba Angelo, caminando hacia ellos con la elegancia de un tigre, con el palo colgado negligentemente sobre su hombro, mientras el sol jugaba con su pelo oscuro, y su polo negro parecía pintado sobre su torso, resaltando cada músculo que se movía con una gracia letal.

«Dios mío» pensó ella, sintiendo un calor repentino e inoportuno entre las piernas que la hizo apretar los muslos.

Y es que se veía... peligrosamente atractivo, como el hombre que una vez la había hecho perder el control muchas veces, cuyos besos la habían dejado temblando.

«Maldito egocéntrico» se dijo, pero su cuerpo traicionaba su indignación con un pulso acelerado.

—¿Lo conoces? —preguntó el tipo, molesto, aún frotándose la espalda como si pudiera borrar la humillación.

Aurora tragó saliva y asintió, su voz saliendo en un hilo tenso.

—Sí. Él es...

—Su marido —terminó Angelo, ya llegando a su altura, clavando sus ojos en los del otro hombre y su tono no dejaba lugar a dudas, estaba cargado de una posesividad cruda que hacía que el aire se espesara.

El "instructor", al ver la intensidad de esa mirada y la posesividad que emanaba de Angelo como una ola, palideció y el coraje se le evaporó en segundos.

—Ah... lo siento, no sabía que... Bueno, que tengan un buen día —masculló, escabulléndose casi corriendo.

Y cuando se quedaron solos, Aurora cruzó los brazos, su pecho subiendo y bajando con una mezcla de enfado y un deseo innegable que le quemaba la piel.

—Hiciste que me dejaran plantada. ¿Verdad? —acusó, pero por dentro, una parte de ella se excitaba con su audacia, recordando cómo él siempre había tomado el control en la cama, guiándola en su inexperiencia.

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