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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 51

C51- UNA NOCHE DE VERANO (PARTE CUATRO)

Mateo pasó la noche en vela. No pudo dormir. No quiso. Cada minuto que pasaba con Bianca dormida sobre su pecho era un minuto robado, y no iba a desperdiciarlo cerrando los ojos. Le acarició el cabello con suavidad, sintiendo su respiración tranquila y el calor de su cuerpo contra el suyo.

Pero cuando los primeros rayos de sol empezaron a colarse por las cortinas, intentó moverse con cuidado, deslizando su cuerpo fuera de la cama sin hacer ruido. Pero Bianca, incluso dormida, se aferró a él; su brazo lo rodeó con fuerza mientras un pequeño quejido escapaba de sus labios. Mateo se quedó quieto, con el corazón golpeándole el pecho; entonces escuchó los pasos en el pasillo.

—...un desastre, la verdad —decía la voz de Mauricio al teléfono, cada vez más cerca—. Sí, bueno, ya me encargo yo. Llama al de siempre.

Mateo se tensó y, con un movimiento rápido y desesperado, se liberó del abrazo de Bianca. Ella murmuró algo en sueños, pero no despertó. Buscó su ropa a tientas y se vistió en cuestión de segundos con manos temblorosas; sin dejar de mirar la puerta, los pasos se detuvieron justo al otro lado. Mateo abrió la puerta y salió, cerrándola tras de sí con suavidad.

Mauricio estaba ahí, con el teléfono en mano, a punto de entrar a su propia habitación, pero al ver a Mateo salir frunció el ceño. Sus ojos recorrieron a su hermano de arriba abajo: el pelo revuelto, la camisa mal abrochada, el aire de quien ha pasado la noche en vela. Entonces se rió. Se cruzó de brazos y lo miró con ese desprecio que solo él sabía cultivar.

—¿Qué? —dijo burlón—. ¿Querías sentirte duque por una noche? ¿Dormir en mi cama y jugar a ser el heredero?

Mateo no respondió; solo lo miró con la mandíbula apretada. Mauricio dio un paso hacia él y la sonrisa se borró de su rostro, reemplazada por algo más cruel.

—Mira, Mateo —dijo bajando la voz—. Por mucho que limpien la m****a, sigue siendo m****a. Tú puedes vestirte con mi ropa, dormir en mi cama, fingir que eres de esta familia... pero siempre serás el error de papá. El secreto sucio. El bastardo.

El golpe dio en el blanco y Mateo sintió el ardor en el pecho, pero no se movió. No le daría esa satisfacción. Mauricio resopló, aburrido de su silencio, se dio la vuelta y puso la mano en el pomo de la puerta.

—Mejor voy a cambiar las sábanas —murmuró—. Quién sabe qué porquerías habrás dejado ahí.

Abrió la puerta y se quedó paralizado. Bianca estaba allí, dormida, con el cabello revuelto sobre la almohada; las sábanas la cubrían a medias, dejando ver su cuerpo desnudo. La verdad lo golpeó de lleno y Mauricio se giró lentamente hacia Mateo. Su rostro había perdido todo color; por un momento, solo lo miró con los ojos abiertos de par en par, pero luego, la furia llegó.

—Maldita basura. Bastardo de m****a. —Dio un paso hacia él—. ¿Te cogiste a mi prometida? ¿En mi habitación? ¿En mi puta cama?

Mateo lo miró serio. No negó nada. No se disculpó. Solo sostuvo su mirada con una calma que enfurecía aún más al futuro duque.

—Ella no lo sabía —dijo finalmente Mateo con voz plana—. Creyó que era tu habitación, creyó que yo era tú…

Mauricio abrió la boca, pero no salió nada. El horror y la rabia peleaban en su cara. Miró de nuevo hacia la habitación, hacia Bianca que seguía durmiendo ajena a todo, y luego de vuelta a Mateo.

—Te voy a matar —siseó—. Te juro que te voy a...

—Mauricio...

La voz de Bianca llegó de nuevo desde dentro, más clara esta vez, con un dejo de confusión. Mateo miró a su hermano; Mauricio lo miró a él. Y entonces, por un instante, algo cruzó sus ojos azules, algo que Mateo no supo interpretar. Pero duró solo un segundo.

—Ya voy, cariño —dijo Mauricio con una voz que no era la suya—. Dame un minuto.

Cerró la puerta y se giró hacia Mateo. En una fracción de segundo, lo agarró del cuello de la camisa y lo estampó contra la pared; el golpe sacudió los cuadros.

—No se lo vas a decir —escupió Mauricio con la cara a centímetros de la de él—. Nadie se va a enterar de esto. Y tú... tú te largas hoy mismo. Desapareces de nuestras vidas.

Mateo lo miró fijo, sin intentar zafarse.

—No eres nadie para decirme lo que tengo que hacer —respondió con voz firme a pesar de la posición—. Ella merece saber la verdad.

Mauricio lo soltó de repente y dio un paso atrás, soltando una carcajada fría.

—¿La verdad? ¿Y piensas que ella va a correr a tus brazos, bastardo? ¿Qué va a hacer? ¿Dejarme a mí, al duque, al heredero, por el hijo de una criada?

Mateo apretó los puños.

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