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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 61

C61- ÉL HIZO TODO EL TRABAJO.

Aurora no retrocedió.

Porque si algo había aprendido en esos ocho años era a sostener la mirada cuando el miedo quería doblarle las rodillas. Así que levantó el mentón y lo miró de frente, fría, casi burlona, como si ese tono fuera la única armadura que le quedaba.

—¿Robarte? —dijo despacio—. Curiosa forma de decirlo, Angelo. Tú me sacaste de tu mundo como si yo no existiera, me desterraste, me fuiste indiferente y cuando crucé el océano y me di cuenta de que estaba embarazada... —soltó una risa breve, sin humor— tú no estabas, no llamaste, no preguntaste, no buscaste. Así que no, no te robé nada. Tú te fuiste solo.

Angela los miraba sin entender.

Su cabeza iba de uno a otro, como si temiera perderlos si parpadeaba. Sentía el cuerpo tenso, atrapado entre palabras que no eran para una niña, pero que sonaban duras contra su padre, así que se apretó más contra Angelo y levantó la cara hacia él, con los ojos grandes y asustados.

—Papito... —preguntó en voz bajita—. ¿No me quieres?

La pregunta le atravesó el pecho a Angelo y todo el enojo se le quedó sin aire. La miró y su expresión cambió, a una de dolor.

—Claro que te quiero —dijo, firme y sin dudar—. Te quiero desde este segundo y desde todos los que no estuve. Nada de esto es culpa tuya, ¿entiendes? Nada.

Angela se le lanzó al cuello y lo abrazó con fuerza, como si esas palabras fueran lo único sólido que tenía y Angelo la rodeó con ambos brazos, esta vez sin miedo, apoyando la barbilla en su cabello.

El pecho de Aurora se apretaba al verlos, le dolía verlos así. Le dolía porque era real, porque en el fondo, siempre había sabido esto era lo que su hija anhelaba y ella se lo estuvo negando.

Entonces Mike se acercó un poco más y le susurró.

—Son igualitos, demonios... ¿cómo pensabas ocultarlo? Y... te quedaste dormida, ¿eh? Él hizo todo el trabajo.

Aurora cerró los ojos un segundo.

—Cállate, Mike. —siseó entre dientes.

Él asintió, conteniendo la risa, y dio un paso atrás. Aurora avanzó entonces, con la voz temblándole pese al esfuerzo.

—Angela, mi amor... ven con mamá, ¿sí? Tenemos que hablar. Hay cosas que...

—No —dijo la niña de inmediato, apretándose más a Angelo—. Quiero estar con papá.

El silencio se tensó y Angelo sin suavizar la voz.

—Déjala. Está con su padre, ¿no? No soy un extraño.

Luego miró a Mike, frío.

—Porque nadie reemplaza eso, solo el verdadero padre llena ese lugar.

Aurora lo entendió y eso la encendió.

—¿Qué estás diciendo? —espetó—. ¿Te refieres a Mike...?

Angelo ladeó la cabeza y sonrió de medio lado.

—Ah, él es Mike, ¿eh? —dijo—. Sabía que eras tú, infeliz. Lo supe desde que vi el corazón en el teléfono.

Algunas miradas curiosas se clavaron en ellos.

—Pero te advierto —añadió—, a partir de ahora...

—¿Qué está pasando aquí, Angelo? —interrumpió una voz—. ¿Por qué tanta gente mirando...?

Adelina se quedó en silencio al ver a Aurora y sus ojos se abrieron un poco.

—Querida... tú... ¿qué haces aquí?

Luego miró a Angelo y a la niña en sus brazos y se quedó sin palabras.

—¿Y quién...? —preguntó, señalando a Angela—. ¿Quién es esta preciosura?

Antes de que nadie pudiera responder, Angela levantó la cabeza, orgullosa y segura.

—Soy Angela. Y él es mi papá. Lo acabo de encontrar.

El rostro de Adelina cambió por completo, sus manos viejas temblaron y dio un paso adelante, con los ojos llenándose de lágrimas y de asombro.

—Dios mío... —susurró.

Adelina miró a la niña con atención, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella, luego alzó la vista hacia Aurora y no hizo falta que preguntara nada. En la rigidez de su postura, en la forma en que apretaba los labios, entendió que lo que Angela decía era verdad.

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