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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 7

C7- ¿ESPERAS QUE FIRME?

Angelo permaneció inmóvil mientras sus ojos recorrían a Aurora de pies a cabeza. Frente a él, estaba una mujer completamente diferente.

Aurora lucía radiante.

Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y el vestido que llevaba resaltaba perfectamente su figura, Angelo sintió un nudo en la garganta, porque nunca imaginó que ella pudiera verse aún más hermosa de lo que recordaba.

—Es... increíble verte —murmuró él, sin poder apartar la mirada.

Aurora mantuvo su expresión serena, casi indiferente, aunque por dentro su corazón latía desbocado. Sentía las mejillas arder, pero años de práctica le habían enseñado a mantener la compostura y no iba a mostrarle lo mucho que aún le afectaba su presencia.

Entonces la abuela, sonrió con picardía y rompió el momento.

—Querido, Aurora vino con Oliver... lo llamó antes de volar.

Angelo apretó los labios y su mandíbula se tensó visiblemente. Miró a Aurora, que seguía sin dirigirle la palabra directamente.

—Pues… esperé bastante en el aeropuerto —dijo con tono cortante—. Al menos hubieras avisado, ¿no?

Aurora alzó una ceja, genuinamente sorprendida de que él personalmente haya ido a recibirla, pero recuperó rápidamente su máscara de frialdad.

—Bueno... quería darle una sorpresa a la abuela, no a ti. Lo siento, pero lo que menos cruzó por mi cabeza es que tú tuvieras ganas de ir a recibirme —respondió—. No me culpes, solo actúo de acuerdo a tu viejo comportamiento.

El comentario golpeó a Angelo como una bofetada, mientras que la frialdad y el filo en las palabras de Aurora lo desconcertaron.

—No tendría por qué molestarme. Lo que pasó hace ocho años... es pasado. Y además, aún eres mi esposa y como tu esposo...

Una risa divertida escapó de los labios de Aurora, interrumpiéndolo y Angelo se quedó callado, mirándola como si no la reconociera.

—¿Qué es gracioso?

—Bueno, supongo que... ¿qué mejor momento para decírtelo, no? —dijo ella, manteniendo la sonrisa.

—¿Decirme qué?

—Que voy a divorciarme —respondió Aurora con firmeza—. Ya se lo acabo de decir a la abuela, y ahora te lo digo a ti... —Sus ojos se clavaron en los de él sin titubear—. Quiero el divorcio, Angelo... y espero que sea posible durante el mes que estaré aquí.

El rostro de Angelo palideció.

Sintió como si le hubieran arrebatado el aire de los pulmones.

¿Divorcio?

La palabra resonó en su cabeza como un eco interminable, porque si era sincero consigo mismo, nunca había considerado realmente esa posibilidad, y ahora que ella lo planteaba con tanta determinación, algo dentro de él se rebelaba contra la idea.

Pero antes de que pudiera articular una respuesta, la abuela intervino.

—Aurora... tal vez...

—No, abuela —la cortó ella—. Creo que es momento de hablar con sinceridad. Lo sé... —dijo y volvió a mirar a Angelo—. Escuché lo que dijiste, sé que te casaste conmigo porque la abuela te lo pidió, y sé que me detestas... Bien, entendí que no puedo forzar nada, Angelo... y por eso tomé esta decisión.

La abuela abrió los ojos con sorpresa, llevándose una mano al pecho, mientras que Angelo parecía haberse convertido en piedra.

—¡Angelo! —llamó la abuela, pero él ya había desaparecido.

Aurora estaba a punto de bajar las escaleras cuando la alcanzó y la sujetó del brazo.

—¡Aurora!

Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de ambos ante el contacto. Angelo sintió cómo su pulso se aceleraba al tocar su piel, mientras un aroma sutil a jazmín y vainilla invadía sus sentidos, despertando recuerdos que creía olvidados.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, manteniendo su tono frío y soltándose bruscamente de su agarre.

Dio un paso atrás, creando deliberadamente distancia entre ellos.

—¿Qué m****a te propones, eh? —escupió las palabras, incapaz de controlar su frustración—. ¿Qué quieres conseguir con esta actitud? ¿Qué te ruegue?

Aurora lo miró de arriba abajo, evaluándolo como quien examina un objeto sin valor y luego una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

—¿Qué quiero? ¿De ti? —bufó con desdén—. Solo el divorcio, el maldito divorcio.

Angelo quedó paralizado ante la vehemencia de sus palabras. Y por un momento, su máscara de ira se resquebrajó, revelando el impacto que ella había ocasionado, pero entonces, su mirada descendió involuntariamente hacia sus labios rosados y carnosos y como una condena, recordó su sabor y textura.

Luego subió a sus ojos, aquellos que una vez lo miraron con amor, ahora lo atravesaban con indiferencia, y aun así, se perdió en ellos por un instante.

La ira volvió a apoderarse de él, más intensa que antes y esta vez alimentada por el deseo y la frustración.

—¿Crees que es así de simple? —Angelo dio un paso más hacia ella—. Desapareces ocho años y vuelves convertida en... —hizo un gesto con la mano abarcándola por completo— esto. ¿Y esperas que firme?

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