C79-TENDRÍAS QUE MATARME.
Aurora lo siguió al baño, la mano aún entrelazada con la de él. Angelo giró la llave de la ducha, probó el agua con la palma y, cuando estuvo perfecta, la guió bajo el chorro con una mano en la cintura. No hubo palabras al principio, solo el sonido del agua cayendo y sus suspiros mezclándose con el vapor que empezaba a subir.
Él tomó el jabón líquido y vertió un poco en la palma, frotándolo hasta hacer espuma y empezó por la espalda de ella, sus manos se deslizaron con una reverencia que la hizo cerrar los ojos, bajó por los hombros, los brazos, trazando cada curva con lentitud y cuando terminó, le pasó el jabón sin decir nada, pero con una mirada que decía:
«Ahora tú».
Aurora lo tomó y empezó a lavarlo.
Sus dedos enjabonados recorrieron el pecho ancho, los pectorales firmes, bajaron por los abdominales marcados que se contraían bajo su toque y siguieron la línea de vello oscuro que llevaba al ombligo y más abajo.
El cuerpo de Angelo era el de un SEAL en plena forma: hombros anchos, brazos venosos, espalda que se tensaba como acero cuando ella presionaba, todo fuerza contenida y controlada y claro, la erección empeoró volviéndose imposible de ignorar.
Él no se disculpó; en cambio, la miró con una sonrisa descarada y sensual.
—Está feliz —dijo riendo—. No finjas que no lo notas.
Y antes de que ella pudiera decir algo, la agarró por la nuca y la besó y ella le devolvió el mismo beso hambriento, sus lenguas enredándose mientras el jabón resbalaba entre sus cuerpos. Angelo le dio la vuelta, apoyando las palmas de ella contra los azulejos y su cuerpo la cubrió por detrás y dejó que su polla se frotara entre sus nalgas.
No la penetró aún; solo se movió lento, dándole besos mojados en su cuello, en el hombro, mientras sus manos subían a sus pechos y los apretaban con suavidad, para luego bajar por su vientre y deslizarse entre sus piernas, explorándola, calentándola de nuevo hasta que ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo, mientras sus caderas se movían instintivamente contra su mano.
Pero ella tenía preguntas.
—¿Cuánto tiempo llevas en este departamento?
Angelo hizo una pausa y el agua cayó, golpeando sus hombros.
—He vivido aquí… desde que te fuiste.
Aurora se quedó quieta y su corazón dejó de latir un milisegundo.


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