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Mi Marido Prestado romance Capítulo 107

Eleonor soltó una risa suave y le ayudó a Nil a tomar el plato que traía en las manos.

—Gracias, Nil.

Desde siempre, Eleonor sabía que Nil era buenísimo en la cocina. A veces, cuando iban juntos a casa de su maestro, Nil, siendo el más joven, solía encargarse personalmente de preparar la comida.

Esa noche, la mesa rebosaba: seis platillos y una sopa, todo olía y se veía tan apetitoso que hasta el ánimo se les levantaba.

Florencia, entusiasta como siempre, sacó una botella de vino tinto especialmente para la ocasión. Sirvió a todos y, levantando su copa con una sonrisa que contagiaba, propuso un brindis.

—¡Salud! ¡Por nuestra Eleonor! Que de ahora en adelante sea libre, valiente y cada vez más auténtica.

A Eleonor lo que más le costaba era aguantar estas cosas tan sentimentales. Se aguantó las ganas de llorar con todas sus fuerzas, alzó su copa y la chocó con las de ellos.

—Bueno, va por mi libertad.

Libertad.

Desde niña, hasta en sueños deseaba ser libre algún día.

Aunque ya había comido bastante en el restaurante, en ese instante le pareció imposible dejar de probar cada platillo. Tal vez era la sensación de libertad tan reciente, tan deliciosa.

Después de comer y beber lo suficiente, Nil se ofreció a ayudarles a recoger la mesa.

Eleonor lo detuvo.

—Nil, con que hayas cocinado ya fue suficiente. Nosotras nos encargamos del desastre. Mejor te acompaño a la puerta.

—Va.

Nil tampoco se puso muy formal. Sabía que esa noche iban a tomar, así que ni siquiera trajo carro, mejor así, para no tener que pedir conductor después.

Eleonor no había bebido tanto como para perder el control, pero cada paso le salía un poco tambaleante, como si flotara un poquito.

Hizo todo lo posible por caminar derecho mientras acompañaba a Nil hasta la entrada del conjunto.

Nil ya estaba acostumbrado a verla así. Conocía de sobra lo mal que toleraba el alcohol. Por suerte, en edificios de lujo como ese, la seguridad era confiable. Aflojó el paso, miró hacia abajo y le habló con voz tranquila.

—Yo aquí espero el carro, no te preocupes. Sube y descansa.

—Ni lo sueñes...

Ella negó con la cabeza, terca, y se fue directo hacia la banqueta.

—Tengo que ser buena anfitriona.

El rostro de la joven, con la piel tan suave que parecía de porcelana, se había puesto completamente roja por el alcohol. Hasta la punta de los ojos, cuando lo miraba de frente, se veía sonrojada.

Nil sintió que el corazón se le detenía un segundo y la cabeza le daba vueltas.

—¡Con permiso!

De pronto, una moto eléctrica pasó volando, a punto de llevársela de encuentro. Eleonor ni tiempo tuvo de reaccionar antes de que Nil la jalara rápidamente hacia su lado.

En menos de lo que canta un gallo, el carro de aplicación llegó.

Antes de subirse, Nil la miró con ternura, y con movimientos lentos —como si fuera su hermano mayor— le acomodó la bufanda.

—Eleonor, también te deseo que de ahora en adelante vivas siempre a tu manera, sin ataduras.

—Va.

Ella asintió con fuerza, aunque los pies apenas le respondían y de inmediato sintió la cabeza pesada.

Se tambaleó, y tuvo que apoyarse en la puerta del carro para no caerse.

Nil soltó una risita.

—Anda, sube ya.

—Tú eres el invitado, así que tú primero.

Eleonor estaba empecinada en cumplir con su papel de anfitriona.

Nil no tuvo más remedio que subirse primero.

A un lado, el guardia de la entrada vigilaba, así que no había de qué preocuparse.

Eleonor observó cómo el carro se perdía entre el tráfico. Solo entonces se dio la vuelta, satisfecha, y volvió a casa dando pasos firmes, casi marcando el ritmo con los pies.

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