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Mi Marido Prestado romance Capítulo 108

Tenía un sueño que la vencía.

Solo quería llegar a su casa, meterse bajo la regadera, y luego dejarse caer en su cama hasta perderse en la oscuridad del descanso.

Pero el mundo no siempre se acomoda a los deseos de uno.

No, en realidad era Iker quien no le daba tregua.

Apenas había dado un par de pasos cuando, de pronto, el claxon del carro la asustó, haciéndola dar un brinco. Cuando se giró, vio cómo la ventanilla trasera bajaba, dejando ver el rostro impasible de Iker.

El tipo tenía las cejas marcadas, los ojos profundos y una expresión tan dura que parecía mantener a la gente a kilómetros de distancia.

El alcohol se le bajó un poco a Eleonor.

—¿Señor Rodríguez, pasa algo?

Llevaba una bufanda rojo oscuro, aunque colgaba suelta y dejaba a la vista su cuello pálido y delicado. La luz del farol caía justo sobre su cabeza, dándole a su cara una claridad aún más suave y pulida.

Normalmente, en la oficina recogía su cabello negro de cualquier manera, pero ahora lo llevaba suelto sobre los hombros, como si fuera seda mojada, brillante y pesado.

Toda ella parecía la imagen de la obediencia, tranquila y sumisa.

Pero en cuanto le hablaba a él, cualquiera notaba el tonito rebelde que no podía ocultar.

Iker apartó la mirada con calma.

—Quiero que me pongas al tanto del avance del proyecto, Eleonor.

...

No estaba acostumbrada a quedarse hasta la madrugada en la oficina; su trabajo en la clínica nunca lo había exigido.

Si se tratara de salvar una vida, ni protestaría.

Pero lo que Iker pedía no era ninguna urgencia médica.

—El avance del proyecto lo resume cada semana el asistente y Jaime se lo manda por correo.

—Pero quiero escuchar lo de hoy.

Iker alzó una ceja.

—¿O es que ya no quieres seguir trabajando aquí, Eleonor?

Capitalista desgraciado.

Eleonor respiró hondo, tratando de poner en orden las palabras en su cabeza nublada por el alcohol, pero el aire helado casi no la dejaba mover la boca.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

Que cuide a Alejandra.

Si Alejandra no mete hombres a su casa de madrugada, pues ya. ¿Qué le importa lo que haga ella?

Iker sonrió apenas, como si todo le pareciera lógico.

—No olvides que fui yo quien te crió, así que tengo derecho a fijarme en lo que haces, no vaya a ser que la familia Valdés venga a reclamarme.

Eleonor le lanzó una sonrisa irónica.

—¿Me criaste? ¿Solo hasta los dieciséis? Iker, todavía te faltan dos años conmigo.

La ley decía que la tutela era hasta los dieciocho.

De repente, él se inclinó hacia ella, sujetándole la muñeca, y se acercó tanto que Eleonor pudo oler ese aroma a jazmín mezclado con alcohol que traía encima. Sus ojos oscuros se perdían entre sombras pesadas.

Con los dedos, Iker jugaba despacio en la piel suave de su muñeca, sin importarle que Eleonor ya se había echado todo lo que pudo hacia atrás, pegada a la puerta.

—¿Así que la señorita quiere que le complete esos dos años que le debo?

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