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Mi Marido Prestado romance Capítulo 109

Señorita.

Cuando eran niños, Iker solía llamarla así.

En el orfanato y después en la casa de la abuela, a Eleonor solo le tocó sufrir un par de años. Todavía conservaba ese aire mimado de niña consentida, el mismo que su familia le había inculcado desde siempre.

Iker solo tenía que ser un poco amable con ella y, en nada de tiempo, Eleonor volvía a sus andadas.

A los siete años, era una niña genuina pero caprichosa, buena y voluntariosa, con un corazón tan grande como su personalidad.

En las noches de tormenta durante el verano, cuando los truenos retumbaban y el viento sacudía la ventana, era común que abrazara su muñeca favorita, descalza, y corriera directo al cuarto de Iker en plena madrugada.

Iker le llevaba seis años. Ya era un adolescente y empezaba a entender la diferencia entre hombres y mujeres. Por eso, con el ceño apretado, la mandaba de regreso a su cuarto.

Pero Ellie no tenía límites cuando se trataba de él. Se metía rápido en la cama, se tapaba la cabeza con la manta y, con la boca fruncida, le decía con toda la seguridad del mundo:

—Pero, hermano, Nana le tiene pánico a los truenos. Si me cae un rayo, voy a morir.

Iker nunca le dijo que solo a los desgraciados les cae un rayo.

Nada más la miraba, molesto y resignado, como si le doliera la cabeza.

—Señorita, contigo de verdad que no puedo.

A pesar de su corta edad, Eleonor era lista. Sabía reconocer el cariño y la rendición en su voz.

Pero eso quedó atrás.

Cuando Iker dejó de buscarla, y ella solo pensaba en casarse con Fabián, cada vez que él la llamaba “señorita” era puro sarcasmo.

Como si se burlara de ella: “¿De verdad crees que todavía eres esa niña que yo protegía?”

Como si le recordara que ya debía saber cuál era su lugar.

Sin embargo, esta noche, quizá por el alcohol, Eleonor volvió a sentir ese eco de la infancia en la voz de Iker.

Apoyada en la puerta del carro, la tibieza en su muñeca la mantenía en vilo, mientras el aire estaba impregnado con un ligero aroma a sándalo.

Ese perfume… aún era el mismo que ella le regaló a Iker en su cumpleaños número dieciocho.

Iker lo adoraba.

Con el tiempo, en la repisa solo quedó esa botella. Cada vez que él estaba por terminarla, ella se encargaba de reponerla.

Curioso. Para el perfume sí tenía fidelidad.

Pero a ella, la dejó ir sin pensarlo.

La lucidez regresó de golpe. Eleonor retiró su muñeca con suavidad y, entre una mezcla de burla y calma, soltó:

—Señor Rodríguez, se equivoca. No me gusta tropezar dos veces con la misma piedra.

Virginia sonrió, como si no le diera vergüenza ser la amante.

—Justo pasaba por aquí y quise traerles algo de comer.

—Ah, o sea que esto lo haces en tu tiempo personal.

Eleonor se metió las manos en los bolsillos de la bata y la miró con indiferencia.

—Entonces, en estas ocasiones, mejor dime señora Valdés. ¿O qué opinas, amante?

Todos se quedaron en shock por un segundo.

Pero enseguida, más de uno no pudo aguantar la risa, tapándosela con una tos fingida.

Qué bárbara.

¿Desde cuándo la doctora Muñoz era tan directa?

Nadie se lo esperaba, pero se sintió bien.

El gesto de Virginia se tensó, respiró hondo y respondió con altivez:

—¿De verdad crees que siempre vas a ser la señora Valdés?

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