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Mi Marido Prestado romance Capítulo 119

Sin embargo, era la primera vez que Virginia se daba cuenta de lo mucho que Iker se preocupaba por la vida de Eleonor.

Hace un momento, Iker había tomado el mando y, sin pensarlo dos veces, lideró personalmente la búsqueda en todo el edificio.

Su presencia era tan imponente que parecía que en su mundo solo existía Eleonor, esa hermana suya.

Un hombre tan sobresaliente…

Si tan solo pudiera fijarse en ella como Fabián, ¡cuánto desearía que así fuera!

A Iker no le interesaba en lo más mínimo el alboroto del exterior; con la yema de sus dedos limpió con delicadeza las lágrimas de la chica.

—Nana, tranquila. Todo pasó ya. Si tienes ganas de llorar, hazlo, sácalo todo.

Apenas terminó de hablar, notó el enorme moretón en el brazo de Eleonor. Su voz cambió, volviéndose mucho más grave.

—¿Davi te lastimó?

Eleonor levantó la cabeza, tardando un poco en reaccionar. Siguió la dirección de su mirada y vio su propio brazo. Negó con la cabeza, las lágrimas seguían cayendo y la voz le salía apenas como un susurro cascado.

—Fue por mi culpa.

Normalmente, para sacar una aguja incrustada bajo la piel, se necesitaban pinzas y paciencia. Pero ella no tenía pinzas ni tiempo suficiente para hacerlo con cuidado.

Después de todo eso, era lógico que le quedaran esos moretones en el brazo.

Esa aguja, al insertarla en un punto clave del cuerpo, le había permitido salvarse.

Iker se quedó a su lado sin moverse, esperando que terminara de llorar. Cuando notó que su ánimo se estabilizaba, se agachó, la tomó con un brazo por la cintura y con el otro la sostuvo por detrás de las rodillas.

—Vamos a otro cuarto. Que te revise el doctor.

—Está bien.

Eleonor no opuso resistencia. Ahora que la aguja había salido, el efecto del medicamento se disipaba y ella se sentía cada vez más débil.

Iker la cargó en brazos, su expresión regresando a ese gesto duro y severo de antes, y salió de la habitación con paso firme.

Aunque el saco de Iker cubría bien la parte superior de Eleonor, Fabián notó de inmediato lo desarreglada que estaba. No dudó ni un segundo en acercarse.

—¿Qué pasó? ¿Quién fue el desgraciado?

Por dentro, empezó a sentir una angustia punzante. Si Iker no hubiera estado tan pendiente… ni quería imaginarse lo que podría haber sucedido.

Pero Virginia, al ver la escena, se quedó en shock.

¿Qué rayos estaba pasando?

Aunque el vestido de Eleonor se veía arrugado y algo descompuesto, se notaba que Davi no había logrado lo que quería.

¡Imbécil!

Le pusieron a la mujer en la cama y ni siquiera supo quitarse el pantalón.

Virginia miraba a Eleonor fijamente, y la rabia y el veneno en su mirada casi no podían ocultarse.

¡Maldita!

¿Cómo podía tener tanta suerte? Justo hoy tenía que estar Iker presente; si no fuera por eso…

Virginia apretó los dientes, sintiendo cómo la furia la consumía por dentro.

...

Iker no dijo nada, solo salió de la habitación.

Benicio le puso una pastilla en la boca a Eleonor, la revisó, y le pidió a su asistente que aplicara una pomada en el moretón del brazo. Luego le advirtió:

—Quédate aquí vigilando. Cuando despierte, si quiere bañarse, te quedas en la puerta del baño por si se llega a caer.

El que le puso la droga era tremendamente cruel.

Si esta muchacha no fuera doctora y no hubiera actuado tan rápido, el daño podría haber sido irreversible.

—Entendido.

La asistente asintió.

Benicio agregó:

—Si pasa algo, ven a buscarme enseguida.

Dicho esto, salió también, listo para no perderse el espectáculo.

...

En la sala, apenas separados por una puerta, el ambiente era tan denso que apenas se podía respirar.

Iker sacó un cigarro, lo encendió y, sin decir nada, clavó sus ojos oscuros en Virginia.

Virginia sintió que todo el cuerpo se le tensaba, como si tuviera a una serpiente venenosa acechándola, lista para morderla en cualquier momento.

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