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Mi Marido Prestado romance Capítulo 149

—¿Por qué tendría que irme contigo a la casa?

En medio de tanta gente, Eleonor sentía que la vergüenza le subía por la piel. Trató de zafarse de su agarre.

—¡Fabián, por favor, sé razonable!

Fabián frunció el ceño.

—¿No estoy siendo razonable?

Ni él mismo entendía qué le pasaba. Solo ver cómo Eleonor platicaba y reía con otro hombre lo llenaba de una inquietud insoportable.

Ese día, Virginia había insistido en salir de compras, y él, para no levantar sospechas, la acompañó como siempre. Jamás imaginó que terminaría presenciando esa escena.

Eleonor era su esposa. Que en el trabajo interactuara con otros, de eso podía hacerse de la vista gorda. Pero que incluso en su tiempo libre estuviera tan cerca de otro hombre... eso ya era otra cosa. Algo en su interior no lo dejaba en paz.

La voz de Eleonor se volvió cortante.

—¿Así que ese es tu concepto de justicia? ¿Solo tú puedes, pero yo no?

Él podía entrar y salir con Virginia sin problema, pero si ella comía con algún hombre, Fabián no lo toleraba.

Fabián le respondió con un tono que no admitía discusión.

—Virginia ya se mudó. Ahora mismo te acompaño a Jardines de Esmeralda para que recojas tus cosas y te vengas a la casa.

—¿Y si no quiero volver?

—Ellie, esto no está en tus manos.

Justo en ese momento, el elevador se abrió. Fabián la tomó de la muñeca, dispuesto a arrastrarla dentro.

—Señor Valdés.

Una voz profunda y firme resonó. Iker apareció, su tono tan gélido que parecía partir el aire.

—Yo solo fui a contestar una llamada y, cuando regreso, mi hermana desaparece. Así que era aquí donde la tenían.

Fabián arrugó el ceño, aunque por dentro sintió alivio al ver a Iker; su mirada se posó en Eleonor.

—¿Estabas comiendo con Ike?

—Sí.

La presencia de Iker hacía que Eleonor se sintiera más avergonzada aún. De un golpe, se soltó de la mano de Fabián.

Su piel era tan delicada que, en solo un instante, la muñeca blanca ya tenía una marca roja.

Iker, sin perder la compostura, oscureció la mirada.

—Está bien, ya lo sé.

Al escucharla, la mirada de Fabián se suavizó. En el fondo, aún era la misma chica dócil de antes.

...

Ese día, como de costumbre, Eleonor atendió su turno en la clínica.

La entrada y el estacionamiento estaban decorados con adornos festivos; el ambiente ya olía a celebración. En otras clínicas, casi no quedaban pacientes, pero el consultorio de Eleonor se llenaba tan pronto abría agenda.

Las enfermeras que la asistían tenían sentimientos encontrados: un poco tristes de seguir trabajando, pero felices de estar con ella. Mientras en otras áreas ya empezaban a tomar vacaciones, ellas sabían que todavía les quedaban días de trabajo. Aun así, Eleonor cada año les pagaba el triple de sueldo de su propio bolsillo.

Ese trato era imposible de igualar en cualquier hospital externo.

Pensando en lo importante que era para las familias pasar las fiestas en casa, Eleonor evitaba programar tratamientos largos; solo entregaba la medicina para que pudieran irse pronto.

—Ellie, al salir ven directo a la casa —dijo Natalia por teléfono a mitad de la jornada.

Eleonor sonrió.

—Hoy es el cumpleaños del maestro. Aunque no me invitaran, yo igual me aparecía.

Álvaro Osorio era un doctor tan renombrado que, si así lo quisiera, la casa se le llenaría de gente desde días antes.

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