…
El lóbulo de la oreja de Eleonor estaba tan rojo que parecía a punto de sangrar. Tartamudeó, apurada:
—Y-yo… yo voy sola al baño.
—Espera.
Iker la tomó de la muñeca, la jaló suavemente hacia él y, sin perder la compostura, anudó su saco de manera impecable alrededor de su cintura, cubriendo la mancha en su falda.
—G-gracias.
Los maestros podían regresar en cualquier momento. Así era mucho más seguro.
Las mejillas de Eleonor ardían igual que sus orejas, toda ella incómoda, pero en vez de ir directo al baño, decidió pasar primero por el carro.
Tenía la costumbre de dejar un cambio de ropa en el carro, nunca pensó que justo hoy le serviría tanto.
Últimamente había dormido mal y eso le desordenó el ciclo, pero ella misma se había tomado el pulso el día anterior y sabía que le bajaría en estos días. Por eso, ya tenía toallas femeninas en la bolsa.
Entró al baño, se arregló lo necesario y se cambió de ropa. Al salir, con la ropa limpia y el saco en la mano, alzó la vista y se topó con los ojos oscuros y profundos de Iker. Todavía sentía un poco de pena.
Caminó hacia él con el saco extendido.
—Este saco… lo lavo y te lo regreso…
—Iker respondió sin titubear:
—Este es más caro que el anterior.
Tan seco, tan directo.
A Eleonor por poco se le va la vista de la impresión. Encima de que le había bajado, ahora tenía que pagar un saco carísimo.
Se sobó el estómago, pensando en discutir el asunto, cuando de pronto sintió que el saco desaparecía de sus manos.
Los ojos de Iker brillaron con una emoción difícil de descifrar. Alzó la prenda y dijo, con voz apenas audible:
—No te preocupes, esta vez, yo lo lavo.
Ella reaccionó automática:
—¿Tú lo lavas?
En los nueve años que vivieron bajo el mismo techo, Eleonor jamás lo vio lavar ni una camiseta. Además, un saco así ni siquiera se puede lavar en casa.
Iker se tensó al escucharla, bajó la mirada hacia la mancha oscura y, tras aclararse la garganta, añadió:
—Mejor me lo llevo y que alguien lo lave.
—Está bien…
Eleonor asintió, justo cuando vio que el maestro y Nil regresaban desde el patio trasero.
Álvaro dejó la caña de pescar a un lado y, mostrando su captura, le dijo a Iker:
—Al rato te voy a preparar una sopa de pescado que te va a hacer chuparte los dedos. Es lo mínimo por la raíz de ginseng de cien años que nos trajiste, muchacho.
Nil se rascó la cabeza y sonrió.
—Entonces yo me voy a ayudarle a Natalia en la cocina.
—Yo también…
Eleonor apenas iba a decir que la acompañaba, pero Iker la detuvo:
—Hace frío, mejor tú prepara el café.
Álvaro asintió.
—Tú ni sabes cocinar, no vayas a estorbar.
—Ah, está bien.
Eleonor fue con ellos, y mientras preparaba el café no pudo evitar quedarse pensando en lo que Iker acababa de decir.
¿A qué se refería? ¿Era porque hacía frío y ella estaba en sus días, y no debía tocar agua fría en la cocina? ¿O era solo para que le preparara un café caliente y lo apapachara?
...
Cuando terminaron de comer y salieron de casa del maestro, ya era de noche cerrada.
Eleonor justo iba a subir al carro cuando vio a Iker acercarse con paso seguro y largo.
—César ya se fue. Yo me voy contigo.

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