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Mi Marido Prestado romance Capítulo 154

La mirada de Eleonor se desvió hacia el saco que él llevaba en la mano y, de pronto, se sintió incómoda.

—Está bien.

Ambos habían tomado un poco de alcohol esa noche. Nil, que vivía cerca, decidió pedir un carro y se fue casi de inmediato. Eleonor, en cambio, solicitó un conductor de reemplazo para que la llevara a casa.

Tras aquella siesta profunda al mediodía, Eleonor sentía que tenía toda la energía del mundo.

Por otro lado, Iker, que acababa de acompañar al profesor a beber unas copas de más, apenas subió al carro apoyó la cabeza en el respaldar y cerró los ojos, fingiendo dormir. El aire dentro del vehículo estaba impregnado de esa mezcla entre el aroma del licor y una fragancia amaderada.

A Eleonor no le desagradaba beber, pero le molestaba bastante el olor a alcohol en otras personas.

Sin embargo, esa vez, el aroma no le resultó molesto. Al contrario, había algo en esa mezcla que le resultaba extrañamente reconfortante.

El interior del carro estaba en silencio. Eleonor giró la cabeza y miró por la ventana el ajetreo de la ciudad. Trató de recordar la última vez que había pasado un momento tan tranquilo y en armonía con Iker, pero no pudo.

Había pasado tanto tiempo que ni siquiera podía precisar cuándo fue.

Había un nudo en su pecho, una pregunta que se repetía desde hace años: ¿por qué Iker la dejó así, sin más, como si nada?

Y seguro Iker también seguía enojado. Enojado porque, hace tres años, Eleonor decidió casarse con Fabián a pesar de todo, haciéndolo quedar en ridículo.

Por eso, desde aquel reencuentro en Alemania, lo único que había entre ellos era tensión y discusiones.

—Esa raíz de ginseng era para el profesor Osorio desde un principio.

De repente, la voz de Iker resonó en el carro.

Había bebido, su voz sonaba rasposa, menos aguda y cortante de lo habitual, casi vulnerable.

Eleonor se sorprendió; no entendía por qué él sentía la necesidad de explicarse. Giró el rostro hacia él.

—¿No era para el papá de Alejandra…?

Recordó que, en la subasta, él había mencionado que alguien se la había encargado y que, si no la conseguía, no podría dar la cara.

¿Ese alguien era el profesor?

Iker seguía recostado, sin cambiar de postura, con los ojos entrecerrados y la expresión oculta bajo las luces intermitentes que entraban por la ventanilla.

—¿Y a mí qué me importa el papá de ella?

Su tono era ambiguo, indescifrable.

En ese momento, Eleonor tuvo la certeza: la persona que le interesaba a Iker no era Alejandra. Si lo fuera, la habría tratado con el mismo cariño que a ella.

—Sí, era para ti.

La confesión la dejó en shock. Los ojos de Eleonor, siempre tan claros, se llenaron de confusión; el aliento se le cortó y los labios se le entreabrieron por la sorpresa. Iba a decir algo, pero en ese instante el carro dio una vuelta inesperada y se detuvo de golpe junto a la banqueta.

Por la inercia, Eleonor salió disparada hacia el lado de Iker, cayendo sin control sobre sus piernas. Una mano grande, como por reflejo, la rodeó por la cintura.

Llevaba una falda, así que al moverse quedó expuesta la piel suave de su cintura; la mano de Iker la tocó directo, sin barreras.

Ardía.

Ese calor le llegó al pecho y se esparció hasta la punta de los dedos.

—Perdón, es que un carro se pasó el semáforo —explicó el conductor, sacando a Eleonor de su trance.

Ella, nerviosa, intentó levantarse apoyándose en las piernas de Iker.

Al hacerlo, no supo qué tocó, pero incluso a través de la tela, sintió una temperatura aún más intensa que la de la mano en su cintura.

Iker respiraba pesado. Sus dedos apretaban con fuerza la cintura de Eleonor. De pronto, la jaló y la acomodó sobre sus piernas, acercando la boca a su oído para susurrarle con voz grave:

—Si sigues moviéndote así, te juro que vas a saber lo que es un amor prohibido.

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