Al escuchar esas palabras, el semblante de Fabián se endureció.
—¿Qué dijiste? ¿Sabes dónde está ella?
—¿Cómo voy a saberlo?
Virginia negó de inmediato, con una expresión de fastidio.
—Ese narco todavía no sale de la cárcel, ¿por qué habría de estarle yendo mal?
Fabián la miró con desconfianza, sus ojos intensos no se apartaban de ella.
—Más te vale que le desees lo mejor —soltó con un tono amenazante—, porque si no, juro que haré que la pases diez o cien veces peor que ella.
Mientras decía esto, levantó la mano y le ordenó a Adrián:
—Enciérrala. Y de ahora en adelante, quiero que siempre haya al menos tres personas vigilándola, a cualquier hora.
—Entendido.
Adrián afirmó y, sin perder tiempo, tomó a Virginia del brazo para llevarla al sótano.
De repente, en la entrada se escuchó el rugido de un carro lujoso que frenó de golpe. Renata bajó de inmediato y caminó decidida hacia Fabián, mirándolo de frente con el ceño fruncido.
—¿Te volviste loco? ¡Es tu cuñada mayor! ¿Hasta dónde piensas llegar torturándola?
—Mamá.
La voz de Fabián sonó seca, casi cortante.
—¿No cree que ya se está metiendo en demasiadas cosas?
Renata sabía que enfrentarlo de esa manera no serviría de nada. Bajó el tono y buscó tocar su fibra más sensible.
—Piensa en Angelito. Tu hermano se fue hace muy poco. ¿De verdad quieres que el niño, después de perder a su papá, ahora tampoco pueda ver a su mamá?
Por un instante, el gesto de Fabián pareció suavizarse, apenas una sombra de duda cruzó por sus ojos. Renata lo notó y no dejó pasar la oportunidad.
—Mira, Virginia podrá haber hecho lo que sea, pero sigue siendo la madre de tu sobrino. Hazlo por el recuerdo de tu hermano, ¿sí?
Entre Fabián y Cristóbal siempre existió una relación muy fuerte. Nunca se pelearon por poder o dinero como suele pasar en las familias ricas. Cristóbal nunca mostró ambición por los negocios, nunca compitió, nunca peleó por nada.
Cuando Virginia, en su momento, decidió casarse con Cristóbal, Fabián no dijo una palabra; solo se mantuvo a la distancia, guardando sus sentimientos.
Tenía un hermano mayor ejemplar.
Fabián dudó unos segundos. Luego, bajó la mirada y declaró, con más calma:
—Está bien. Le daré otra oportunidad. Pero será su responsabilidad mantenerla bajo control. No quiero más escándalos.
Virginia trató de calmar su respiración. Se apoyó en la pared y, con esfuerzo, logró ponerse de pie. Su mirada se volvió oscura.
—¿Sabe por qué Fabián siempre fue tan bueno conmigo antes?
Esa pregunta era como pisar un campo minado frente a Renata.
No solo había seducido a su cuñado, ahora se atrevía a restregarlo en su cara.
Renata frunció el ceño, furiosa.
—¡Eso fue porque no tienes vergüenza!
Mujeres así, que se pegan a los hombres sin dignidad, ¿quién puede resistirse?
Aunque, para ser sincera, Renata jamás había pensado que su hijo menor pudiera ser tan fácil de manipular.
Ella siempre creyó que Fabián era un joven educado, con principios y modales intachables.
La única explicación era que Virginia era una descarada sin límites.
Pero Virginia no se ofendió. Al contrario, dejó escapar una pequeña sonrisa.
—¿Recuerda aquel accidente de carro de hace años? Ese que le costó la vida a su esposo y la mandó al hospital en Aguamar?

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