Este asunto, Renata lo tenía grabado en la memoria como si fuera ayer.
En aquel accidente de carro, perdió al hombre más importante de su vida.
Desde entonces, jamás pensó en casarse de nuevo.
Al tocar el tema, los ojos de Renata se llenaron de dolor contenido.
—¿Para qué sacas a relucir eso ahora?
Virginia preguntó con calma:
—¿Todavía lo recuerdas?
—Por supuesto que sí.
—Entonces, ¿te acuerdas del policía y de la niña que los salvaron a ti y a Fabián aquella vez? —insistió Virginia.
—Claro que me acuerdo.
Renata tenía presente a esa niña: era tan alegre y simpática, como un girasol bien cuidado que irradiaba calidez y alegría, imposible no encariñarse con ella.
Si no hubiera sido por lo apresurado de aquel día, Renata incluso habría querido comprometer a Fabián con esa niña de inmediato.
Venía de una familia de policías, no tenían mucho dinero pero vivían con honestidad, y encima la niña era tan dócil y adorable; Fabián y ella habrían sido la pareja perfecta.
Renata frunció el ceño y miró a Virginia con recelo.
—¿A qué viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con Fabián?
Virginia suspiró y bajó la mirada.
—Fabián siempre ha estado buscando a la niña que los salvó ese día. Antes, él pensaba que yo era esa niña.
Su voz sonaba apagada, con un dejo de amargura.
—Por eso, siempre fue tan bueno conmigo.
Renata no pudo evitar soltar una risa cargada de desprecio y la miró de arriba abajo.
—Ya decía yo que Fabián no podía estar tan encaprichado contigo. Con razón, ¡todo era fingido de tu parte!
Hacerse pasar por otra persona… Qué bajo.
—¡Nunca suplanté a nadie! —replicó Virginia, alzando la voz—. Si aquella vez hubiera sido yo la que estaba ahí, también los habría salvado. ¡Solo que no tuve la misma suerte que Eleonor!
Tener un padre policía y, encima, toparse con un accidente de una familia rica parecía cosa de novela.

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