Al oír eso, Renata se puso furiosa, los ojos se le abrieron de par en par.
—¿Lo que dices es cierto?
Ni siquiera habían recibido el acta de divorcio...
¿Y Eleonor ya estaba engañando a la familia Valdés?
Entre más lo pensaba, más coraje sentía, olvidando por completo cómo su hijo había tratado a Eleonor en el pasado.
Si Eleonor no se hubiera ido de la casa de los Valdés, seguro ya habría descubierto la razón por la que Fabián es tan hipócrita: lo traía en la sangre.
Madre e hijo, los dos cortados por la misma tijera.
Virginia, al ver la reacción de Renata, supo que se lo había creído. Sonrió con malicia.
—¿Para qué le mentiría yo? ¿Se acuerda la otra vez, en Jardines de Esmeralda? Usted ni se enteró, pero Iker ahora vive justo frente a Eleonor.
Renata casi escupió la bebida del coraje.
Eso era prácticamente vivir juntos.
Apenas acababa de divorciarse de su hijo y ya se estaba arrimando a Iker, alguien de ese nivel. Si eso salía a la luz, seguro la gente iba a decir que la familia Valdés tenía problemas graves.
El pecho le subía y bajaba de la rabia, los ojos llenos de una frialdad cortante.
—Ya decía yo, por qué le urgía tanto sacar el acta de divorcio. Seguro tenía miedo de que algún día la descubrieran y terminara perdiéndolo todo.
Ahora todo quedaba claro.
Eleonor no era una víctima de Fabián, en realidad ya tenía a alguien nuevo desde antes.
Aunque, si en verdad había estado con Iker desde hace tiempo, ¿por qué había acudido a la familia Valdés cuando Florencia tuvo aquel problema?
Pero Renata estaba tan enojada que ni se detuvo a pensar en eso.
En cambio, Virginia se quedó pasmada por lo que escuchó.
—¿Cómo? ¿Acta de divorcio? ¿Quién se divorció?
Un presentimiento empezó a latirle en el pecho.
—¿Quién más podría ser? —Renata la miró de reojo, la voz tan seca como un machetazo—. Fabián y Eleonor, por supuesto.


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