Conseguir ese proyecto sería suficiente. Incluso, Alma podría recuperar la ventaja para negociar con Iker.
Por eso, la abuela apretó los dientes y aceptó su propuesta.
Virginia esbozó una sonrisa segura y soltó:
—Tranquila, mientras Eleonor logre desarrollar el medicamento, no se nos va a escapar.
Tan convencida estaba, que hasta soñaba con ello por las noches.
Solo de imaginar que podría convertirse en la investigadora que descubriera la cura para el cáncer, se le agitaba el corazón. No se atrevía ni a soñar cómo sería su vida después.
Quizá, si llegaba ese día, hasta Renata dejaría de ponerle peros a su boda con Fabián.
Solo le quedaba una esperanza...
Que Eleonor no la defraudara.
Virginia platicó un rato más con Renata y luego subió las escaleras con Ángel para jugar.
Al recordar algo, se detuvo, giró hacia el balcón y marcó un número en su celular.
—Alma, acabo de enterarme de algo que creo que deberías saber.
—¿Qué pasa?
La voz de Alma sonó severa.
Con los ojos llenos de una frialdad calculadora, Virginia respondió con una sonrisa:
—Eleonor y Fabián ya se divorciaron.
Alma no pudo evitar la sorpresa.
—¿Divorciados?
Conociendo el carácter de Eleonor, Alma sabía que solo abandonaría a la familia Valdés si la llevaban al límite. Jamás habría esperado que esa muchacha aguantara tan poco esta vez.
Virginia asintió, aunque Alma no pudiera verla:
—Sí, mi suegra me lo dijo hace un rato. Se divorciaron antes de fin de año. Seguro Fabián ya no la soportaba y por eso aceptó.
—Tal vez deberías ir buscando un nuevo candidato para casarla. Al fin y al cabo, el rumbo de su vida depende solo de ti —sugirió Virginia, sonriendo como si diera un consejo inocente.
—Abuela, ella no es lo que dices.
Davi no podía olvidar la confesión de Eleonor aquella vez en la habitación del hotel. Entre más lo pensaba, más ansioso se sentía.
—Fabián jamás se le acercó.
Ni idea de si ese Fabián era un tonto o qué. Tenía a Eleonor y la dejó ir por alguien como Virginia. O tenía un problema en la cabeza, o de plano necesitaba lentes.
Alma arrugó el entrecejo, molesta.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso vivías debajo de su cama escuchando todo? ¿Ya te creíste todas las historias que ella te contó? ¿No te ha visto la cara suficiente?
Mientras decía esto, pensó que tenía que buscarle pronto un nuevo prospecto a Eleonor. No fuera a ser que su propio nieto terminara cayendo en sus redes, hasta contando el dinero que le sacara. Con esa carita de inocente, pero pura estrategia por dentro.
Pero Davi, sabiendo que la abuela lo consentía, le respondió con descaro:
—No me importa. Si de todas formas quieres buscarle a alguien, mejor búscame a mí.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero casarme con ella.

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