Quién sabe cómo le hizo para recordar eso.
Eleonor se quedó pasmada por un segundo antes de tomar el chocolate.
—Gracias.
Apenas iba a salir cuando la detuvieron de nuevo.
—¿Eso es todo?
El hombre le sujetó la muñeca con una sola mano. Su voz sonaba perezosa, como si no le importara nada, aunque en el fondo no era tan fácil de tratar como aparentaba.
El golpeteo en la puerta hizo que el corazón de Eleonor se acelerara como si le martillaran el pecho. Rápidamente, jaló el cuello de la camisa de Iker, se puso de puntas y le plantó un beso en la clavícula. Luego, con dedos ágiles, le abrochó los botones a toda prisa.
Después de las últimas dos veces, ya había aprendido a no dejar marcas de labial.
Aprovechando que Iker seguía pasmado, Eleonor abrió la puerta y salió, chocando de frente con Fabián.
Fabián le puso la mano en el hombro para estabilizarla. Eleonor ya sabía que él estaba afuera, pero igual se puso nerviosa y retrocedió un paso antes de intentar actuar como si nada.
—¿Llegaste?
—Ajá.
Fabián echó un vistazo a la puerta detrás de ella, sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
—¿Por qué no estabas abajo?
Eleonor le mostró el chocolate que tenía en la mano.
—Mi hermano se empeñó en que subiera por esto.
Fabián miró el chocolate y sonrió, tranquilo.
—Ese chocolate ya es medio viejito, ¿no? ¿Sigue sabroso?
Eleonor asintió.
—Sí, de niña me encantaba.
Fabián la observó de cerca, fijándose en su cara pequeña.
—¿Me das a probar?
Las cejas delicadas de Eleonor se arquearon con duda. Sabía que Iker no quería que tuviera mucho contacto con Fabián. Si llegaba a enterarse de que le dio el chocolate que él le había regalado, con lo poco razonable que era, seguro le armaría un drama.
Mientras pensaba cómo negarse...
—¿Tan egoísta eres?
Fabián no pudo evitar reírse.
—Ya estás grande y todavía no compartes la comida.
Eleonor se tocó la nariz, se resignó y bajó las escaleras junto a él.
Fabián le ofreció la mano.
—Vamos.
—Fabián.



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