Eleonor ni siquiera lo pensó, y de inmediato usó a su mejor amiga como pretexto.
—Flori está, no es buena idea.
Fabián, como si pudiera leerle la mente, la desenmascaró de una.
—¿No que se fue de viaje de trabajo?
Eleonor se quedó congelada. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó su explicación:
—Adrián la vio esta mañana en el aeropuerto.
Después de decirlo, la miró con una ternura que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.
Tras una breve vacilación, Eleonor decidió dejar las cosas claras de una vez por todas.
—A decir verdad, hoy te pedí que fueras a la casa vieja de la familia Rodríguez porque estaba aprovechándome de ti. Nosotros ya nos sepa...
—No me importa.
Fabián de repente se inclinó hacia ella, acortando la distancia en un segundo. Sus respiraciones se mezclaban, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento.
Con una voz aún más suave, Fabián le dijo:
—Somos esposos, ayudarnos es lo normal, ¿cómo vas a decir que te aprovechas de mí?
En cuanto terminó de hablar, bajó la cabeza de golpe.
Sus labios casi se tocaron, apenas separados por un suspiro.
Eleonor sintió que el aire se le escapaba del pecho. Sin pensar, lo empujó a un lado y, llena de pánico, salió corriendo del carro.
—¡Fabián, tranquilízate! Yo me subo primero.
Corrió al edificio y, al presionar el botón del elevador, lo hizo con tal desesperación que parecía que quería romperlo.
Por suerte, Iker no había presenciado lo que acababa de ocurrir.
Si lo hubiera visto, no sabría ni cómo explicarlo o dónde esconderse.
Fabián bajó del carro y pensó en alcanzarla para aclarar las cosas.
Ya no pensaba tratarla como antes. Ahora quería acercarse, cumplir con su papel de esposo, estar con ella de verdad.
En ese momento, el celular en su bolsillo vibró dos veces.
Mientras caminaba rápido hacia la entrada del edificio, sacó el teléfono y revisó los mensajes.
[Adrián: Señor Valdés, pronto sabremos dónde está ella.]
Los ojos de Fabián se llenaron de emoción. Se detuvo de golpe y llamó de inmediato.
—¿Estás seguro que están por ubicar a Nana?
Adrián contestó:
—Sí, señor Valdés. Ya revisé todos los negocios de las familias que alguna vez anduvieron metidas con drogas, pero no encontré nada. Aunque, de parte de Aguamar, nuestros contactos acaban de mandar el número de placas del carro que fue al orfanato hace años.
¡Iba a vivir mejor que ella para siempre!
A Virginia le rechinaban los dientes de coraje.
Jamás iba a permitir que eso pasara.
No creía que Eleonor tuviera tanta suerte.
Y si llegaba a tenerla...
Entonces, que Eleonor ni siquiera pudiera vivir para disfrutarla.
...
Al llegar a casa, Eleonor se dio un baño y enseguida sintió el estómago vacío.
Antes de que acabara el año, Susana Castillo le había traído un regalo y, de paso, le dejó varias empanadas que aún no terminaba.
Sin pensarlo mucho, abrió el refrigerador y sacó unas empanadas, planeando calentarlas para matar el hambre.
Pero justo cuando iba rumbo a la cocina, empanadas en mano, sonó el timbre de la puerta.
Frunció el ceño.
¿No sería Fabián que la siguió hasta arriba?
Se asomó por la mirilla. Del otro lado de la puerta, el hombre de pie parecía sentir su mirada. En ese instante, sus ojos oscuros y los de ella se encontraron, como si hubieran chocado por accidente.

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