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Mi Marido Prestado romance Capítulo 245

El cuerpo alto y fuerte de Fabián tambaleó visiblemente, tragó saliva con dificultad y casi perdió la voz al hablar.

—¿Qué acabas de decir?

A su lado, Virginia, que había escuchado perfectamente las palabras de Adrián, se quedó en shock. No esperaba para nada que Fabián descubriese la verdad justo en ese momento.

¿Qué iba a hacer ahora?

Esa Eleonor, la muy desgraciada, ¿por qué siempre lograba salir bien librada de todo?

No, ¡esto no podía quedar así!

La envidia hervía por dentro de Virginia, quien lanzó una mirada llena de odio al tipo de la cicatriz, suplicándole con los ojos que hiciera algo ya. Solo hacía falta un disparo, uno solo, y Eleonor dejaría de existir. Todo terminaría.

Pero el tipo de la cicatriz no era ningún tonto; desde que supo quién era Eleonor, lo había tenido claro: no se atrevería a matarla. Con conseguir que Virginia le soltara el dinero, le bastaba.

Fabián se tomó su tiempo para recuperarse. Al final, giró hacia Eleonor con mucha lentitud, incapaz de atreverse a mirarla de frente.

Del otro lado del teléfono, Adrián seguía respondiendo con seriedad.

—Aunque intentaron borrar las huellas de la adopción, yo lo confirmé personalmente. La señora es la persona que usted lleva años buscando.

—La fecha en que llegó a la familia Rodríguez coincide exactamente con el día que sacaron a la niña del orfanato.

Un trueno pareció retumbar en la cabeza de Fabián. Su celular se le escurrió de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.

Después de buscar incansablemente durante años, la persona a la que tanto había anhelado encontrar resultaba ser su esposa. Aquella a la que había tratado con tanta indiferencia. Ella siempre había estado a su lado. Era su esposa.

Fabián respiraba agitadamente, y cuando por fin reunió el valor para mirar hacia Eleonor, se topó con su mirada, cargada de una decepción tan profunda que le atravesó el alma.

Ella se veía tranquila. Pero también distante. Ya no era la niña que solía perseguirlo diciendo: “No me vayas a olvidar, ¿sí?”. Ahora era alguien completamente diferente.

Y todo eso había sido por su culpa. Él mismo la había convertido en esa persona.

Era como si una navaja se le hubiera incrustado directo en el corazón. Fabián temblaba de dolor. De pronto, como si hubiera perdido la cabeza, corrió hacia Eleonor y gritó con desesperación:

—¡Suéltala!

Eleonor no entendía por qué ahora Fabián estaba tan decidido a salvarla, pero no había tiempo para preguntas. En cuanto se liberó, intentó levantarse para huir junto a él.

Pero había estado demasiado tiempo atada. Tanto, que las manos le sangraban por el roce de la cuerda. Apenas logró incorporarse, sus piernas entumecidas y doloridas la traicionaron, haciéndola tropezar.

—No tengas miedo.

Fabián la levantó en brazos con fuerza, apretándola como si fuera lo más preciado que tenía en el mundo.

—Voy a sacarte de aquí. No pienso dejarte nunca más.

A Eleonor le pareció, o tal vez solo fue su imaginación, que la voz de Fabián temblaba, como si estuviera a punto de romperse.

Corriendo, Fabián llegó hasta la entrada del almacén solo para descubrir que la puerta de hierro había sido cerrada desde fuera.

Esa gente... jamás se habría atrevido a tanto.

Las llamas casi los alcanzaban ya, y Fabián no tenía idea de dónde se había metido Adrián.

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