Eleonor no sabía qué estaba soñando, pero arrugó la frente, apretando con fuerza el manillar de la puerta del carro. Sus labios, cubiertos en parte por su cabello negro y liso, murmuraban palabras apenas audibles.
Fabián, al verla así, no pudo evitar acercarse. Quiso darle un poco de seguridad, así que se aproximó y extendió la mano, con la idea de abrazarla.
Pero justo cuando sus dedos apenas rozaron su hombro, Eleonor se encogió de golpe hacia atrás y, sobresaltada, abrió los ojos.
—¡Hermano!
Lo soltó sin pensar, como si la palabra hubiera emergido de lo más profundo de sus sueños.
Hermano.
Había soñado que Iker irrumpía en esa fábrica abandonada para salvarla.
Pero la explosión la había alcanzado.
El pecho de Eleonor subía y bajaba con fuerza. Medio dormida, miró a su alrededor, desorientada, hasta que se dio cuenta de que seguía en el carro.
Pero el carro ya estaba detenido.
Y no estaban frente a Jardines de Esmeralda.
Fabián, al oírla hablar en sueños, pensó en llamar a Iker. Una vez más, sintió que como esposo estaba quedando a deber.
Le acarició la cabeza a Eleonor y le preguntó en voz baja:
—¿Tuviste una pesadilla?
—Mmm...
Eleonor se frotó los ojos y miró hacia afuera. Fue entonces cuando notó que estaban frente a Villa Orquídea.
Giró la cabeza, confundida.
—¿No que me ibas a llevar a Jardines de Esmeralda?
—Ellie...
Fabián intentó calmarla, con paciencia.
—Este es tu hogar, ¿sí?
Después de lo que había pasado hoy, Fabián no quería que se repitiera nada así. No soportaba la idea de dejarla fuera de su vista de nuevo. Había tardado tanto en encontrarla, no podía arriesgarse a perderla otra vez. No podía permitirse ni el más mínimo error.
—Este lugar dejó de ser mi casa hace mucho.
Eleonor ignoró todo lo que decía, abrió la puerta y estuvo a punto de bajarse.
Desde el instante en que Fabián permitió que Virginia y su hijo se mudaran, ese lugar dejó de tener que ver con ella. Su casa solo podía ser un sitio donde se sintiera a salvo.
Fabián salió tras ella y le sujetó la muñeca.
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