Pasó mucho tiempo antes de que su mente lograra rescatar siquiera un par de fragmentos de aquel recuerdo.
Parecía que todo había ocurrido justo en la entrada del conjunto donde vivían.
Ese día, su papá volvía de cumplir una misión. Ella estaba tan feliz que casi no cabía en sí, hasta lo jaló de la mano para que le comprara un algodón de azúcar.
Su papá ya había pagado, y el vendedor apenas comenzaba a preparar el algodón cuando un estruendo sacudió el aire.
Ella y su papá ni pensaron en esperar el dulce, solo se lanzaron a ayudar a quien hiciera falta.
Después de eso, nunca más pudo probar el algodón de azúcar que su papá le había comprado.
Tampoco el de su mamá.
Ambos murieron cuando regresaban a casa después de una última misión.
A partir de ahí, su vida dio un giro total.
...
Fabián la observaba, notando cómo los ojos de Eleonor comenzaban a enrojecerse. Cubrió su pequeña mano con la suya, con cautela, y preguntó:
—¿Ya lo recordaste, verdad?
—Entonces...
La nostalgia por su papá y su mamá apretaba el pecho de Eleonor. Inspiró profundo, intentando calmar el ardor en sus ojos, y forzó una sonrisa mientras preguntaba:
—¿Me vas a decir que tú eras aquel niño pequeño de esa vez?
Si eso era cierto, vaya ironía. El destino sí que sabe burlarse.
La persona a la que ella había salvado con sus propias manos fue la misma que destruyó todas sus ilusiones sobre el matrimonio.
Con esas mismas manos, la arrastró una y otra vez al borde del abismo.
Fabián notó el sarcasmo en su voz. Sintió como si miles de hormigas le mordisquearan el pecho, y, con tono áspero, admitió:
—Fui yo.
—Nana, yo... te busqué durante muchos años —los ojos de Fabián brillaban, humedecidos por las lágrimas que amenazaban con salir.
La persona que había estado buscando, siempre había estado ahí, a su lado.
Las noches enteras ideando formas de encontrar a Nana se mezclaban ahora con los días y noches de estos tres años en los que, dentro del matrimonio, ignoró y apartó a Eleonor. Esos recuerdos chocaban una y otra vez en el corazón de Fabián.
La culpa y el remordimiento le apretaban hasta casi quebrarlo.
...
Incluso si tenía que entregarle todos sus bienes, lo haría sin dudar.
Estaba dispuesto a pagar por sus errores del pasado, haría lo que fuera por remediar el daño causado.
Eleonor soltó un suspiro, tranquila, y le dijo sin rodeos:
—No quiero que me des nada. Solo necesito que tengas claro que ya estamos divorciados. Eso es todo.
Fabián se quedó helado un instante, sin comprender.
¿A qué se refería con que ya estaban divorciados?
Sus labios temblaron; pensó que Eleonor se había equivocado, así que, resignado, replicó:
—Ya te lo dije, no voy a divorciarme de ti.
—Te equivocas. Nosotros ya estamos divorciados desde hace tiempo —sentenció Eleonor.
Ella ya no veía sentido en seguir ocultando nada, y tampoco le interesaba seguir colaborando con la familia Valdés. Prefirió dejar todo en claro de una vez.
Bajo la mirada sorprendida y atónita de Fabián, Eleonor pronunció cada palabra con absoluta claridad:
—El acta de nuestro divorcio ya está lista. Tu copia está en la casa de la familia Valdés. Puedes ir a recogerla cuando quieras.

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