En el instante en que sus dedos sintieron la humedad, Eleonor se quedó en blanco, con los ojos desbordados de asombro.
—¿Qué estás haciendo?
Por más que ya supiera que él era aquel niño de su infancia, eso no justificaba semejante reacción.
De verdad, la estaba asustando.
Intentó zafarse de su mano con fuerza, pero Fabián, temiendo lastimarla de nuevo, finalmente aflojó la presión, aunque no soltó su mano. En cambio, se puso de pie y la llevó directo al lavabo, abrió el grifo y empezó a enjuagarle la herida.
Cuando terminó, la arrastró hacia la sala, sacó un hisopo con yodo y se dispuso a desinfectarle la mano.
Eleonor arrugó levemente las cejas.
—Ni has terminado de desinfectar y ya casi se cerró la herida.
—Igual hay que hacer las cosas bien —le replicó Fabián.
Sin discutir más, se agachó junto a ella, con las pestañas largas caídas mientras concentraba toda su atención en curarla. Sus movimientos eran suaves, casi temerosos, como si cualquier descuido pudiera hacerle daño.
Por un momento, Eleonor se quedó quieta, pensando que tal vez Fabián no había tenido una revelación, sino que parecía embrujado.
Si esto hubiera pasado antes, él a lo mucho habría preguntado:
—¿Por qué tan descuidada?
Y eso habría sido todo.
Ahora, verlo tan alarmado por una simple herida la desconcertaba.
Después de semejante ajetreo, Eleonor ya ni tenía ganas de comer. Cuando él terminó de ponerle la curita, aprovechó para hablar:
—Ya casi es hora. Me tengo que ir.
Se levantó con decisión y se dirigió hacia la puerta.
Sin embargo, antes de salir, dos guardaespaldas le bloquearon el paso.
Fabián no apartó la mirada de ella ni un segundo, así que no se perdió el asombro en los ojos de Eleonor cuando volteó a verlo. Ella lo observó en silencio y la comisura de sus labios se curvó en una mueca sarcástica.
—¿Ahora piensas encerrarme aquí a la fuerza?
Nunca se le habría ocurrido que Fabián llegaría tan lejos.
El hombre elegante y correcto que ella recordaba se iba desdibujando cada vez más.
Fabián notó el recelo y la distancia en la mirada de Eleonor, sintió como si un hilo invisible le apretara el corazón, pero en su rostro no se reflejaba nada. Caminó hacia ella, puso una mano en su hombro y se inclinó un poco.


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