Eleonor negó con la cabeza sin pensarlo dos veces.
—No duele —respondió.
Solo se había raspado un poco la piel, ni siquiera le había dolido cuando le limpiaron la herida. Ahora ya casi se le estaba haciendo costra, mientras no le pegara con fuerza como hace rato, no sentía ningún dolor.
En el momento en que ella negó, Iker no pudo evitar recordar a la Eleonor de cuando eran niños.
La niña no aguantaba nada el dolor; incluso cuando se enfermaba y el doctor de la familia iba a ponerle el suero, apenas el médico empezaba a preparar las medicinas y ella ya estaba llorando.
Las lágrimas le corrían por las mejillas como si fueran cuentas de collar reventadas, caían una tras otra sin parar.
Una mano la tenía el doctor controlada y con la otra, ella le agarraba la mano a Iker, sin dejar de hacer escándalo con la boca.
—Iker, ¡tápame los ojos! ¡Rápido!
Era tan delicada, que ni siquiera podía ver la aguja y ya estaba armando tremendo drama.
Iker le tapaba los ojos, pero no perdía la oportunidad de fastidiarla.
—¿No te puedes tapar tú sola?
Siempre era un show.
Ellie negaba seriamente con la cabeza, llorando sin parar pero todavía haciéndose la tierna.
—Si me tapo yo, no veo nada y me da miedo... Si tú me tapas, sé que me vas a cuidar.
Tan segura de sí misma.
Por esa época, Iker siempre pensaba que su hermana era exagerada y muy consentida.
Pero ahora, ya no le tenía miedo al dolor. De hecho, parecía que ya nada le asustaba. Entonces, ¿por qué sentía Iker que algo le apretaba el pecho despacio, como si le costara respirar?
Eleonor lo miró absorta, sin saber en qué pensaba.
—Iker —lo llamó.
—¿Qué pasó?
Iker apartó sus pensamientos. Sus ojos oscuros brillaban con algo que ni él mismo supo explicar. Tragó saliva y, de pronto, la besó.
César, con mucha discreción, subió el separador del carro.
Ese beso no se parecía a ninguno de los anteriores.
Fue suave, ligero.
Solo un roce, nada más.


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