Iker apretó los labios hasta formar una línea recta. Su tono, cargado de fastidio, no dejaba lugar a dudas:
—Haz bien la cuenta. ¿Cuántas veces he negado eso?
Eleonor tardó unos segundos en entender a qué se refería. Cuando por fin cayó en cuenta, una oleada de alivio le recorrió el pecho, como si el peso de la culpa se hubiera aligerado de golpe.
Él lo había negado muchas veces.
Cada vez que ella estaba a punto de creer de verdad en esos rumores, él se lo negaba casi de inmediato.
—Muchas veces —admitió Eleonor, apenas moviendo los labios.
—¿Y entonces? —Aquel tono severo, tan parecido al que usaba cuando de niños la regañaba, la hizo volver a la realidad—. Nomás escuchas a alguien decir algo y ya lo crees otra vez.
—¿A todos les crees, menos a mí? —remató Iker, con una dureza que la desarmó.
Esa última frase la dejó con un nudo en la garganta. ¿Cuánto había llegado a confiar en él? Tanto, que cuando la dejó atrás, ella no podía creerlo. Lo persiguió, le preguntó entre lágrimas por qué, suplicándole que no la abandonara.
Ahora, sin darse cuenta, ya no quedaba nada de esa confianza.
Sintió cómo una punzada subía directo hasta la cabeza, y giró la cara hacia la ventana, abriendo los ojos para evitar que las lágrimas le ganaran. Pasó un buen rato antes de atreverse a murmurar, sin venir mucho al caso:
—Pero cuando volviste al país tampoco me avisaste…
Iker no alcanzó a escuchar bien lo que balbuceó, pero al verla de nuevo tan tranquila y recatada como de costumbre, esbozó una media sonrisa.
—Bueno, ¿y tu explicación? —siguió, sin dejar pasar el tema.
—No me quedé en Villa Orquídea a propósito —contestó Eleonor, esta vez sin esconderse—. Fabián no me dejó irme.
[Te llamé y nunca me devolviste la llamada.]
Quizá era por haber vivido tanto tiempo bajo el mismo techo, pero Iker no tardó en notar ese dejo de reproche en su mirada.
—¿Algo más? Dilo todo de una vez —le soltó, medio en broma, medio en serio.
Eleonor bajó la cabeza, respiró hondo, tratando de ignorar que él pudiera burlarse. Se armó de valor y, a toda prisa, confesó:
—Te llamé y tampoco me contestaste.



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