Aunque fuera solo abrazos o besos, ya no tenía energías para eso.
Ella, que siempre había sido joven y con ganas de vivir, sentía que el trabajo le había drenado hasta la última chispa. No le quedaban ganas de nada, ni de enamorarse, ni de emocionarse, ni de ilusionarse.
Iker la miró de reojo, con ese aire despreocupado que a veces rayaba en burla.
—¿Entonces qué esperas para ir a bañarte? ¿O acaso quieres que te cante una canción de cuna?
...
Canción de cuna.
En el pasado, él en verdad le había cantado para ayudarla a dormir.
El día que sus padres sufrieron el accidente, fue uno de esos días de tormenta eléctrica tan típicos en Aguamar. Desde entonces, cada vez que llovía y tronaba en la noche, a Eleonor le costaba mucho conciliar el sueño y solía despertarse empapada en pesadillas.
Iker solía sentarse a su lado, le daba palmaditas en la espalda y tarareaba hasta que ella se quedaba dormida.
Eleonor sacudió los recuerdos y, siguiendo el hilo de la conversación, asintió sin pensarlo.
—Entonces voy a bañarme. Haz lo que quieras.
Mientras no la arrastrara con él, le daba igual lo que hiciera.
Pero al salir del baño, al ver a aquel hombre ocupando la cama, se quedó quieta, sorprendida.
Le había dicho que hiciera lo que quisiera, y él lo tomó muy en serio.
Ahora estaba acostado en su cama.
Seguramente había pasado por su casa, porque ahora llevaba un pijama de satín, y se había acomodado del lado izquierdo de la cama.
Eleonor tenía el hábito, desde niña, de dormir siempre del lado derecho.
Ya lo que pasara mientras dormía, era otro asunto.
Se acercó a la cama y notó que Iker tenía unas ojeras tan marcadas que superaban incluso las suyas, a pesar de que ella llevaba un día y una noche enteros sin dormir.
Parecía que en cuanto llegó a Oricalco, tuvo que regresar volando a Frescura y hasta ahora no había podido pegar el ojo.
Eleonor se quedó de pie junto a la cama, en silencio. De pronto, como si algo le hiciera gracia, dejó escapar una risa muy tenue.
El hombre, que hasta entonces dormía como un tronco, estiró la mano de repente y la jaló hacia su pecho, sujetándola con firmeza. Su voz aún tenía el tono ronco de quien acaba de despertar.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
No podía decirle que se había acordado de aquella vez que, aprovechando que él dormía, le pintó una tortuga en la cara con marcador.
Ya en la cena se le había escapado un comentario fuera de lugar. No pensaba buscarle más problemas.


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