Ahora, Eleonor notaba que, cuando César y los demás le rendían cuentas a Iker, lo hacían siempre de la manera más directa y breve posible.
Eleonor abrió la puerta de su casa y se quitó los zapatos al entrar.
—¿No que no te gusta que la gente hable de más?
—Hoy sí quiero escucharte.
Iker la siguió con toda la calma del mundo. Le puso las manos en la cintura y, con un leve impulso, la sentó sobre el mueble de la entrada. Se apoyó a un lado de sus piernas y la miró fijo con esos ojos oscuros y misteriosos.
—Cuéntame.
…
El aroma a jabón mezclado con una fragancia tenue y amaderada lo envolvía. Eleonor sintió las orejas ardiendo, y terminó confesando lo que en realidad él ya sabía desde antes.
—Pues el otro día mandé a César a instalar una cámara de seguridad… y hoy por fin sirvió de algo.
—¿Nada más?
Iker se sorprendió de lo concisa que era ahora; ni un asistente profesional habría sido tan directo. Nada que ver con antes, cuando cualquier detallito lo podía convertir en una charla interminable.
—Nada más —asintió Eleonor, tapándose la boca al bostezar—. Ya me quiero dormir.
Llevaba más de veinticuatro horas sin pegar el ojo y, para colmo, en la tarde estuvo metida en el laboratorio sin parar, gastando todas sus energías. Lo único que necesitaba era descansar.
Iker bajó la mirada y vio que ella parpadeaba con sueño, los ojos casi vidriosos. Le dio un suave golpecito en la cabeza.
—Espera aquí.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Eleonor, pero el hombre ya se había ido a zancadas rumbo al departamento de enfrente.
Max, desde lejos, alcanzó a ver a Eleonor y quiso lanzarse hacia ella. Pero Iker, con un movimiento rápido, lo detuvo y le puso la mano en el cuello. Con toda seriedad, le advirtió:
—Tu mamá está cansada, déjala descansar. Mañana la molestas si quieres.
Max, que no era nada tonto, entendió la indirecta. Soltó dos quejidos y se fue a su rincón, echándose con resignación.
Sus ojos grandes y oscuros lo seguían todo. Cuando Iker tomó el recipiente térmico con la comida que recién le habían traído de un restaurante privado y se dirigió de nuevo hacia el departamento de Eleonor, Max se levantó de golpe, pero no alcanzó a llegar antes de que se cerrara la puerta.
Desde el otro lado, solo pudo protestar con un —Guau— de puro coraje.
…


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