Eleonor se quedó un poco sorprendida, como si no esperara que alguien tan despreocupado como él pudiera pensar en los demás de esa manera.
Apenas logró recuperarse, vio que Iker bajó la mirada hacia su reloj y, señalando sutilmente hacia el interior de la casa, le indicó:
—Anda, entra de una vez.
—Sí, claro.
Sin esperar a que él se fuera, Eleonor giró sobre sus talones y entró primero.
Antes de venir, le había mandado un mensaje a Álvaro Osorio, y Natalia Osorio había preparado un montón de comida solo para esperarla y compartir el almuerzo juntos.
—Pásale, hija.
Álvaro la llamó con la mano y, al pensar en los logros de su alumna, una sonrisa enorme le iluminó el rostro y no podía ocultarla.
—Tantos años esperando este momento, por fin llegó…
Lo decía con alegría, pero de pronto se le quebró la voz.
Él había sido testigo de todo lo que Eleonor vivió durante su tiempo con la familia Rodríguez.
Por suerte, había logrado superar cada obstáculo. Aquella niña que en un principio ni siquiera podía distinguir las plantas medicinales, ahora por fin comenzaba a brillar con luz propia.
Natalia, al ver que Álvaro no podía contener el llanto, también se emocionó y, con el corazón henchido de alegría por Eleonor, la tomó de la mano y la sentó en el sofá.
—Tu maestro, desde que se enteró que el medicamento que desarrollaron va a entrar en la fase de pruebas clínicas, no pegó el ojo en toda la noche de la emoción. Y mira, otra vez está entre lágrimas y risas.
Natalia se detuvo un momento, le dio unas palmaditas en el hombro a Eleonor y añadió:
—Mejor platiquen ustedes dos, yo voy a preparar algunos de tus platillos favoritos. No importa qué tanto te festeje el Grupo Rodríguez, aquí, en casa, también tenemos que celebrar.
—Gracias, Natalia.
Al ver cómo Natalia se apresuraba rumbo a la cocina, Eleonor no pudo evitar sentir un nudo en la garganta. Miró a Álvaro y, apenas abrió la boca para hablar, las lágrimas le recorrieron las mejillas.
—Gracias, maestro… de verdad, gracias.
Tenía tantas palabras en el corazón, tanto que quería decir, pero al final, lo único que se le ocurrió fue eso.
No importaba que le hubiera enseñado toda su experiencia en la medicina, ni que durante todos estos años, tanto Álvaro como Natalia la hubieran cuidado y querido como si fuera de la familia; todo eso valía mil gracias.
No eran sus parientes de sangre, pero sí su verdadera familia.
Álvaro se limpió la nariz con un pañuelo, fingió dureza y la miró con severidad.



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