—¡Ya entendí!
A Eleonor le apretaba tanto la mejilla que hasta se le trababan las palabras al hablar.
Eso, lejos de molestar, la hacía ver adorable.
Iker se quedó mirando su cara, y por un instante se perdió en sus propios recuerdos.
Antes, también solía apretarle la mejilla así. A veces ella le obedecía sin protestar, y otras, como ahora, se mostraba impaciente y hasta un poco fastidiada.
Eleonor notó, sin saber por qué, que la mirada de Iker sobre ella había cambiado un poco, volviéndose cálida y familiar, como si de pronto volviera a ser ese Iker que siempre la consentía en todo.
El ambiente se había llenado de una tensión diferente, como si flotara algo entre ellos. Cuando Iker se inclinó hacia ella, Eleonor, nerviosa, desvió la mirada, evitando esos ojos que parecían arder.
Pero justo cuando sus labios estaban a punto de encontrarse, el timbre del departamento sonó de forma insistente.
Ambos se quedaron congelados. Eleonor retrocedió de golpe, apurándolo:
—¡Alguien llegó!
...
¿Quién tenía tan mal tino para llegar justo en ese momento?
Iker soltó un chasquido de disgusto antes de soltar, a regañadientes, a la persona que tenía entre sus brazos para ir a abrir la puerta. Apenas giró la chapa y vio quién era, arrugó el entrecejo.
—¿Y tú, por qué llegas ahora?
Después de tantos años de ser amigos, Benicio Estrada captó de inmediato el fastidio de Iker, desde la puerta hasta el fondo de su corazón.
Seguramente era porque Eleonor estaba adentro.
Benicio ya lo tenía bien estudiado desde hace años: cuando Eleonor estaba en la casa, daba igual quién fuera a buscar a Iker, él nunca estaba de humor para recibir visitas.
Y si encima alguien, como Fabián, cometía la torpeza de acercarse demasiado a Eleonor, la cosa se ponía peor.
Por eso, Benicio jamás trataba con Eleonor en privado. Al fin y al cabo, Iker era su mejor amigo.
...No lo entendía del todo, pero lo respetaba.
Pensando en que Eleonor estaba adentro, Benicio sonrió.
—¿Está Eleonor, verdad? Déjame pasar, necesito hablar con ella.
Iker ni se movió.
—¿Para qué?
—Tranquilo, que yo no soy como Fabián.
Ni un poquito de sentido común tenía ese tipo, por eso hasta la amistad entre ellos se enfrió.
Benicio le dio una palmada en el pecho a Iker y asomó la cabeza, llamando:
—¡Eleonor! ¿Eleonor?
Ella escuchó la conversación en la puerta y, aunque su primera reacción fue fingir que no oía nada, después de que Benicio la llamó así, no le quedó de otra. Se tocó la oreja, que todavía estaba caliente, y se acercó tratando de actuar con normalidad.


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