Florencia escuchó el ruido de la puerta y volteó hacia la entrada. Vio a Eleonor parada allí, sin la más mínima intención de quitarse los zapatos.
Ese día, Florencia había lidiado con un cliente tan complicado que acabó exhausta, tanto física como mentalmente. No quería moverse ni un centímetro.
—Hoy sí que no tengo ni pizca de energía para recibirte —murmuró sin ganas.
—Tu ex...
Eleonor alzó la mano y señaló con resignación hacia la puerta de enfrente.
—Me pidió que te llamara para cenar. Dice que vio en tus redes sociales que se te antojaba salir a comer.
—…
Florencia frunció el ceño.
—¿Y cómo demonios vio él mi historia? ¡Si ya tenía bloqueado a Benicio!
Se quedó pensando unos segundos, hasta que la respuesta le vino a la cabeza. Justo en ese momento, Eleonor habló:
—¿No será que te agregó con alguna cuenta falsa?
Ambas pensaron lo mismo al mismo tiempo.
Florencia bajó las piernas que tenía cruzadas sobre la mesa de centro y se levantó.
—Vamos.
—¿En serio vas a ir? —preguntó Eleonor, sorprendida, porque ya se había hecho a la idea de que Florencia se negaría.
Incluso ya estaba buscando excusas para decirle a Benicio, algo como “Florencia está ocupada con el trabajo” o “se quedó dormida de tanto cansancio”.
Pero Florencia asintió, sin molestarse en cambiarse los zapatos, y la jaló rumbo a la puerta de enfrente.
—Comida gratis, no se desperdicia.
Sin embargo, había otra razón para aceptar: si Eleonor iba a ayudar a la señora Estrada con su pierna, lo mejor era que Benicio, como miembro de la familia Estrada, le debiera un favor. Nunca estaba de más.
Cuando Benicio vio entrar a las dos hermanas, le lanzó una mirada significativa a Iker.
—No me sabotees —le pidió con la mirada.
Iker ni siquiera se molestó en mirarlo, frío como un témpano.
Ya había comprado frutas y verduras frescas, guardadas en la nevera, esperando a Eleonor para cocinarle algo especial.
Ahora, con cuatro personas para cenar... Todo su plan se fue al traste.
Cuatro en la mesa. Doble de incomodidad, doble de tensión.
Durante la cena, Eleonor e Iker se sentaron en sus lugares habituales, mientras Florencia se acomodó frente a Eleonor. Benicio, por supuesto, se sentó al lado de Florencia, justo frente a Iker.
Benicio, como si fuera su propia casa, fue a la cocina, rebuscó hasta dar con una olla nueva y la puso sobre la mesa.
—¿Señor Benicio, necesita algo más? —preguntó Florencia, con una formalidad distante, casi cortante.
El tono y el trato pusieron rígido a Benicio. Se le fue la sonrisa relajada, y la miró de frente, la voz baja pero cargada de molestia.
—Antes no me llamabas así.
Recordaba que en la universidad, todos lo trataban con exceso de respeto, casi idolatrándolo. Pero Florencia no. Ni siquiera le dirigía una mirada. Después de que empezaron a salir, ella se colgaba de su hombro y lo llamaba “Beni”.
Su voz, siempre limpia y alegre, tenía una suavidad especial cada vez que lo decía, como si en sus labios su nombre tuviera otro significado. Eso lo volvía loco.
Ahora, sin embargo, los ojos de Florencia no reflejaban ni el más mínimo temblor de emoción.
—¿Y cómo quieres que te llame? Si pagas, mientras el dinero alcance, te puedo decir como quieras.
Benicio apretó la mandíbula. Se le notó el enojo, claro como el agua.
En los últimos días, había hecho de todo: soportar sus desplantes, buscarla con una cuenta falsa en WhatsApp, organizarle la cena apenas vio su publicación, y aun así, ella seguía rechazándolo.
Él, el cuarto hijo de la familia Estrada, ¿cuándo había tenido que aguantar tantos desaires por una mujer?
Con los ojos ligeramente enrojecidos —quizá por el picante, quizá por la rabia—, le soltó con voz dura:
—¿Lo que sea con tal de que pague? Si te doy suficiente, ¿puedo acostarme contigo?
Al terminar, la miró fijamente, como si quisiera desnudar no solo su cuerpo, sino también su alma.

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