Todavía no le había respondido cuando, de repente, al celular de Iker entró una videollamada.
Iker, con la mirada cansada y fastidiada, contestó.
—¿Qué pasa? Es pleno día, ¿para qué me llamas?
Benicio Estrada acababa de salir de la zona de hospitalización, una mano metida en la bata blanca.
—Me enteré que te lastimaste, vine a ver cómo andas.
Iker soltó, con voz áspera y cortante:
—¿Vienes a ver cómo estoy o solo quieres enterarte del chisme?
—...Ejem.
Vaya, ni chance de disimular. Iker no se andaba con rodeos.
Benicio se atragantó un poco, fijándose en los moretones del rostro de Iker.
—¿Eleonor no estará hecha un mar de lágrimas por ti?
...
Uno tras otro, todos iban directo a donde más le dolía.
Ayer por la noche, Eleonor bien sabía que él y Fabián habían terminado a golpes, pero ni un solo mensaje le mandó.
Esta mañana, él pensó en esperarla en el elevador, pero Florencia le comentó que apenas amaneció, Eleonor ya se había ido a la clínica.
Muy dedicada la señorita.
Iker, ya harto, le replicó con fastidio:
—¿Tienes algo más que decir? Si no, voy a colgar.
Benicio, por supuesto, no iba a dejar pasar la oportunidad de molestar a su amigo.
—¿De plano sigue sin hablarte?
Iker reviró, sarcástico:
—Ella solo piensa en volver con Fabián, ¿para qué me buscaría?
Benicio se soltó riendo.
—¿Volver con él? No lo creo... Si apenas se divorciaron, ¿tan mal le caíste que ahora prefiere a Fabián?
...
Iker ya iba a contestar, pero vio que Benicio, de repente, se quedaba mirando otra cosa y colgaba la videollamada sin previo aviso.
Tres segundos después, le llegó un mensaje de voz.
[Acabo de ver a la mejor amiga de Eleonor. Espérame, voy a sacrificar mi atractivo personal solo por ti y averiguar el chisme.]
Iker casi se suelta a carcajadas.
Benicio asintió. Después de agradecer, con el ceño arrugado, se fue hacia la habitación.
Era un cuarto individual, así que por la ventilación, la puerta y las ventanas permanecían abiertas.
Apenas llegó a la entrada, vio a esa mujer que siempre lo trataba con tanta indiferencia, ahora sonriendo mientras pelaba una manzana.
—Señora, apenas me llamó Thiago y vine en cuanto pude. No se preocupe, él ya está en el aeropuerto y pronto regresa.
—Thiago.
El simple hecho de oír ese nombre salir de su boca le dio un vuelco al corazón a Benicio.
Se fue hasta el área para fumadores al fondo del pasillo y se fumó dos cigarros de corrido antes de tranquilizarse. Apenas apagó la colilla, la mujer del vestido rojo salió de la habitación.
Florencia cerró la puerta y, al girar, se topó de frente con el hombre que la miraba con expresión dura.
En el expediente del cuarto había visto que él era el médico principal de Sandra.
Sin prisas, Florencia sostuvo la mirada y habló con voz calmada:
—Doctor Estrada, quería preguntarle, ¿cómo está la señora Hernández? ¿Cuántos días tendrá que quedarse internada?
—¿Y tú con qué derecho me preguntas eso?
Benicio, mirándola con ese aire de trámite, le soltó con tono seco y sarcástico:
—¿Vienes como mi exnovia o como la futura nuera de la paciente?

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