—Creo que fui yo quien lo pateó.
En cuanto Eleonor respondió, se dio cuenta de lo que había dicho y, la verdad, sí era posible.
Que ahora saliera herido de una pelea y vinieran a echarle la culpa a ella...
Florencia no pudo evitar soltar una risa cuando escuchó eso.
—¿Qué pasó? ¿Por qué lo pateaste?
—Nada, no fue nada.
Eleonor sintió cómo se le encendían las orejas del calor, abrazó las cosas que tenía y se fue directo a una esquina de la sala que le habían asignado a Max, para acomodarlo todo.
No podía contarle la verdad: que Iker la había intentado besar a la fuerza y que por eso le había dado una patada.
Florencia notó el silencio, pero decidió no insistir. Se acercó a la mesa y abrió la bolsa con la comida para llevar.
—Ya, mejor ven a comer. Me muero de hambre.
—Sí, ya voy.
Apenas lo dijo, Eleonor notó que también tenía hambre. Se lavó las manos y fue corriendo a sentarse a la mesa.
Las dos, junto con Max, el perro, compartían el momento en perfecta armonía.
Florencia, mientras veía a Max sentado bien portado a un lado, preguntó de pronto, curiosa:
—¿Tú le pusiste el nombre? ¿Por qué Max?
...
Al escuchar la pregunta, Eleonor se quedó callada por un momento.
Pensó en cómo explicarlo, y justo cuando estaba a punto de contarle a Florencia de dónde venía el nombre, llegó Fabián.
Sin embargo, Fabián no interrumpió, esperó con paciencia a que terminaran de comer antes de tocar el tema importante.
Cuando terminaron, él les contó lo que había averiguado durante el día, y luego agregó:
—Y bueno, antes de subir me avisaron que al final encontraron siete cuerpos. Del último, no se sabe si está muerto o logró escapar.
Eleonor sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Si esa persona escapó, la situación se complicaba.
Si el que logró huir tenía algo que ver con Alma, podría aprovechar esa oportunidad para desaparecer y empezar de cero.
Así, ellas seguirían a la vista, pero él volvería a las sombras.


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