Virginia soltó el aire, apenas un poco más tranquila.
—Tú sigue al pendiente. Si ves algo sospechoso, me llamas de inmediato.
No podía permitirse otro error.
Aunque esa tipa no cometiera ninguna tontería, tenía que asegurarse de que el medicamento que estuviera desarrollando jamás llegara al mercado. Si no lo impedía, sería el colmo de la mala suerte.
Colgó la llamada, miró la hora y salió de la oficina. Subió a su carro y manejó directo a una clínica privada.
Había hecho cita con la ginecóloga más reconocida para practicarse un aborto. Además, la doctora le había prometido que no dejaría ningún registro.
...
Eleonor salió del hospital con su bolso al hombro, justo cuando vio a Virginia mirando por todos lados antes de caminar con cautela hacia el edificio de consultas.
No pensaba prestarle atención, pero Virginia fue más rápida y la reconoció al instante.
Virginia se le acercó con pasos largos y voz venenosa:
—¿Qué haces aquí? Todo el mundo sabe que esta clínica es famosa por su área de ginecología y obstetricia. No me digas que andas embarazada de algún bastardo, ¿verdad?
Solo de imaginarlo, Virginia sintió ansiedad. Si esa mujer terminaba embarazada de Iker o Fabián y se aseguraba su lugar, ella estaría en la ruina.
—Vaya, se nota que sabes bien del tema. ¿Viniste a deshacerte de uno hoy, verdad? —Eleonor frunció el ceño y soltó una risa mordaz—. Yo conozco bien a la directora de este hospital, ¿quieres que le llame y le pida que te haga descuento?
La directora de la clínica había asistido a la fiesta de celebración de Eleonor la última vez. Y si Eleonor estaba ahí ese día, era porque la directora le había pedido que compartiera su experiencia clínica con los médicos del área de medicina tradicional.
—¡Tú no digas tonterías! —Virginia intentó aparentar calma, aunque la incomodidad la traicionaba—. Solo vine porque últimamente siento que el corazón me late raro. Pensé hacerme un electrocardiograma.
—¿Ah, sí? —Eleonor curvó los labios, burlona—. La gente puede tener palpitaciones por muchas cosas, pero en tu caso solo tengo un consejo.
—¿Cuál? —replicó Virginia, apretando la mandíbula.
—Deja de hacer cosas de las que te puedas arrepentir.
Dicho eso, Eleonor la ignoró por completo y se dirigió al carro blanco que la esperaba.
Virginia, furiosa, sintió un retortijón en el estómago. Su teléfono sonó, echó un vistazo y contestó con voz seca:
—Camilo, una disculpa, me equivoqué. No estoy embarazada.


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