Apenas escuchó lo que dijo Eleonor, Renata explotó de furia.
—Si sigues diciendo esas tonterías, voy a buscar al señor Osorio y le voy a preguntar qué clase de estudiante formó, que hasta divorciada sigue de metiche y no deja en paz a nadie.
Antes, Eleonor temía mucho las amenazas de personas como ella.
Siempre tenía que medir con cuidado cada palabra, pensando en todas las consecuencias, por miedo a que cualquier movimiento de ellos pusiera de cabeza su vida y la de quienes la rodeaban.
Pero ahora, Eleonor no solo no se asustó, incluso soltó una risa.
—Hazlo. Si te atreves, te juro que hoy mismo todos se van a enterar de los secretos sucios de la familia Valdés.
Amenazas, ¿eh?
¿Quién le temía a quién, entonces?
Como si la familia Valdés fuera tan intachable, como si nadie pudiera señalarles nada.
Al escucharla, Renata se puso aún más furiosa y golpeó con fuerza el asiento del carro.
—¡Conduce más rápido! —ordenó al chofer, y luego gritó—: ¡Tú espérame, ya verás!
Eleonor no pensó que ese “espérame” fuera tan literal.
En menos de diez minutos, Renata apareció en la puerta de su casa acompañada de varios guardaespaldas.
Su actitud mostraba claramente que venía decidida a darle una lección.
Renata, confiada por el número de gente que la acompañaba, la miró con desprecio.
—Todavía ni sabes si tu medicamento va a salir al mercado, ¿y ya crees que puedes competir conmigo?
Virginia ya había jurado ante la familia Rodríguez.
De ninguna manera iban a dejar que el medicamento de Eleonor se aprobara.
Esa tipa, ¿de verdad pensaba que tenía todo bajo control?
Eleonor la miró con una expresión helada.
—¿Viniste solo a pelear conmigo?
Renata se quedó un momento sin palabras, atrapada en la rabia, hasta que recordó a qué había ido.
—Fabián está empecinado en enfrentarse a la familia Rodríguez solo por ti. Ahora mismo le vas a llamar para decirle que deje de hacer tonterías.
Eleonor se quedó sorprendida.
Pensaba que, después de haberlo hablado con Fabián, él ya no insistiría en vengarse por ella.

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