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Mi Marido Prestado romance Capítulo 389

Fabián no supo ni cómo salió de la antigua casa de la familia Valdés.

En su mente, ya ni siquiera le importaba el hijo que Virginia llevaba en el vientre; todo su pensamiento giraba en torno a Eleonor.

Recordó claramente el día que ella probó el cerdo en salsa que Blanca había preparado; su reacción fue idéntica a la de Virginia hoy.

Y la excusa que Florencia Herrera inventó para salvar a Eleonor en aquel momento coincidía palabra por palabra con la que Virginia usó ahora.

—Dijo que le dolía el estómago.

Tan poco convincente.

Impulsivamente, Fabián se encaminó hacia la Clínica San Jorge.

No dio con Eleonor, pero sí con Nil.

Nil frunció el ceño.

—¿Buscas a Ellie?

Fabián asintió.

—Sí. ¿Sabes dónde está?

—Ya terminó su turno.

Nil, que nunca le había tenido simpatía, le contestó con un tono distante.

—Y no tiene por qué avisarme adónde va, así que no tengo idea de dónde la puedes encontrar.

—...Gracias.

Fabián apenas murmuró el agradecimiento y se fue deprisa, con el rostro desencajado.

Nil notó que algo andaba mal y, todavía con la inquietud rondándole, le mandó un mensaje a Eleonor por WhatsApp.

[Fabián vino a buscarte a la clínica. Se le veía muy apurado. Cuídate.]

...

Cuando Eleonor recibió el mensaje, acababa de terminarle una sesión de acupuntura a Yolanda Estrada.

Cada dos días, ella acudía al Chalet La Brisa Marina para tratar a Yolanda. Ya la dieta especial había dado resultados y su estómago se sentía mejor, así que Eleonor había comenzado a combinarlo con infusiones medicinales.

Le contestó a Nil, pero la inquietud no se le quitó.

Yolanda, que la vio arrugar la frente, le preguntó con una sonrisa:

—¿Qué pasa, hija? Te veo muy pensativa.

—Nada, señora.

Eleonor le sonrió, aunque no pudo ocultar del todo su preocupación.

—¿Cómo se ha sentido estos días? ¿Notó algún cambio en las piernas?

—Sí, sí, claro.

En cuanto tocó el tema, el rostro de Yolanda se iluminó.

Simona aclaró la garganta, ignorando el gesto de su madre, y le habló a Eleonor:

—Ya se me terminó el descanso. En un rato regreso a Aguamar. Te encargo mucho la salud de mi madre, ¿sí?

Eleonor sintió una punzada de tristeza y se levantó para mirarla.

—¿Tan pronto se va?

—Sí.

Simona asintió, con esa neutralidad que la caracterizaba.

—No podré ir a tu presentación, así que de antemano te deseo toda la suerte.

Luego, con ese temple tan suyo, bajó la mirada y le dijo:

—Si te pasa algo, llámame.

Eso sólo hizo que Eleonor se sintiera más triste, así que asintió con seriedad.

—Está bien. Déjeme acompañarla a la puerta.

Yolanda aún no terminaba la sesión de acupuntura.

Simona se quedó pensativa un instante, como si recordara algo, y luego asintió con suavidad.

—Sí, ven conmigo.

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