Yolanda no pudo evitar sonreír, entre divertida y resignada.
—Ay, niña, ¿cómo se te ocurre dejar que la visita te traiga cosas?
—No se preocupe, señora Estrada, usted quédese acostada y no se mueva —contestó Eleonor con una sonrisa sincera.
Eleonor se giró hacia Simona, sin mostrar la menor incomodidad.
—En un ratito subo para quitarle la aguja, ¿sale?
Mientras tanto, en el patio ya estaba el carro negro listo para salir en cualquier momento. Los empleados habían acomodado el equipaje en la cajuela y todo estaba preparado.
Eleonor acompañó a Simona hasta la puerta. Una sensación extraña le revolvía el pecho, como si estuviera despidiendo a alguien de su propia familia antes de un viaje largo.
—Oye… ¿y cuándo volverás?
—¿Volver? —Simona se lo pensó un momento—. Este año no creo que sea posible. Pero mira, cuando quieras, eres bienvenida en Aguamar, ¿eh?
Por su situación, cada uno de sus viajes debía ser aprobado desde arriba. El hecho de que hubiera logrado unas vacaciones tan largas era todo un milagro, y solo porque supo cómo mover los hilos.
Eleonor sintió un vacío inesperado, aunque cuando escuchó la invitación de Simona, se le dibujó una media sonrisa en la cara.
—Claro que sí. Cuando termine con todo este trabajo, te caigo en Aguamar.
Simona subió al carro. Desde la ventanilla, a través del espejo, alcanzaba a ver a la joven parada en el patio, despidiéndose con la mano. A medida que el carro se alejaba y la figura de Eleonor se iba desdibujando, una vieja memoria, guardada bajo llave por el tiempo, le inundó el corazón.
Recordó aquel invierno, cuando ella era una adolescente y había ido a Luminosa de vacaciones. Su hermanita de dos años no la soltaba de la mano, arrastrándola por todo el patio mientras reían a carcajadas.
Luego, tuvo que regresar a Aguamar para la escuela. Su hermanita lloró desconsolada, corrió tras el carro balbuceando “hermana, hermana”, casi sin poder pronunciarlo. Sus padres, alzándola en brazos, intentaban calmar aquellos gritos que casi partían el alma. El carro ya estaba lejos y, aun así, Simona seguía escuchando el llanto de su hermana.
...
Hasta que el carro desapareció por completo, Eleonor no se movió de la puerta. Solo entonces subió al cuarto, arrastrando los pies, sintiendo un hueco imposible de llenar dentro de sí.
Le resultaba raro.
Con ningún otro familiar de pacientes le había pasado algo parecido, ni aunque los hubiera visto un montón de veces.
Quizá era porque Simona tenía una calidez especial.
De regreso en su cuarto, escuchó a Yolanda soltando una risa contenida.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado