Últimamente, Eleonor e Iker solo se habían visto en la empresa, y siempre en reuniones, en ambientes donde todo era formal y profesional.
Sin embargo, la noche antes de la conferencia de prensa, Eleonor recibió una llamada de Iker.
Acababa de salir de bañarse, el cabello aún goteando, y su voz sonaba impregnada de ese aire húmedo —¿Hola?
—¿Acabas de salir de bañarte?
Abajo, junto al poste de luz, Iker estaba recargado, mirando hacia la ventana de su habitación, siguiendo el brillo que escapaba entre las cortinas. Su voz, profunda y envolvente, llegó con fuerza —¿Todavía no te secas el pelo, verdad?
Ni siquiera le dio tiempo de responder; ya lo había adivinado.
Eleonor no entendía en qué momento él había empezado a conocer tan bien sus costumbres. Mientras se frotaba el cabello con la toalla, murmuró —Todavía no.
—Entonces ve a secártelo.
La voz de Iker se coló por el auricular y le retumbó en el oído, sonando todavía más atractiva que de costumbre.
Eleonor no tenía ganas de ir. Contestó con desgano —Bueno, voy a secarme el cabello, voy a colgar.
—No cuelgues.
La voz al otro lado de la línea fue contundente, sin dejar espacio a objeciones —Tú sécatelo, yo escucho.
—¿Qué?
Eleonor, acorralada por el contrato con esa multa millonaria, pensó que él tenía manías extrañas, pero ni modo de protestar. Tiró la toalla en el sillón y fue al baño por el secador.
No le gustaba secarse el cabello en el baño, porque después de bañarse todo el ambiente quedaba húmedo. Siempre sacaba el secador y lo usaba en la habitación.
Antes, Iker le permitía ese capricho, incluso solía ayudarle a secárselo.
Desde el cristal enorme de la sala, Iker alcanzó a ver la sombra de su figura, notando lo poco que le entusiasmaba hacerlo.
La luz del poste caía de lleno sobre el rostro firme y marcado de Iker, pero aun así, se le notaba un dejo de ternura imposible de ocultar.
Con todos los demás, Eleonor era un sol, pero con él, siempre se ponía terca.
Él mismo le había consentido ese tipo de actitudes, y solo él soportaba y hasta disfrutaba de sus malacrianzas.
En el corazón de Eleonor, Iker siempre había ocupado un sitio distinto al de los demás.
Mientras pensaba en eso, la sonrisa de Iker se ensanchó de forma inconsciente. Con la mano huesuda sosteniendo el celular contra la oreja, la apuró —¿Por qué no lo prendes ya?
—¡Ya, ya, ya!
Eleonor soltó, resignada —Voy a encenderlo, pero bájale a tu voz, que luego te quejas de que hago mucho ruido.


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