Virginia solo pensaba en acabar con Eleonor de un solo golpe, dejándola sin oportunidad de defenderse, pero se le olvidó por completo ese detalle.
Apretó la palma de la mano y, obligándose a mantener la calma, respondió:
—Para acusar de robo de secretos comerciales necesitas pruebas. Si yo pude conseguir estos archivos, solo significa que fuiste demasiado descuidada.
—Visto así, tienes razón.
Eleonor le dedicó una sonrisa tranquila.
—Lástima que lo que te robaste con tanto esfuerzo no fue un medicamento desarrollado por mí, y mucho menos el que presentamos hoy en la conferencia.
Desde que el gobierno gestionó la colaboración entre el equipo de Eleonor y Virginia, Eleonor había estado alerta. Sabía que Virginia no dejaría pasar esa oportunidad.
Por eso, cada paso que daba era una trampa, esperando que Virginia cayera directo en ella.
—¡Eso es imposible!
Virginia se negó a creerlo, convencida de que Eleonor solo estaba dando patadas de ahogada.
—Entonces, explícame, ¿de dónde salió esta basura de medicamento que tengo en la mano?
...
Nil arqueó una ceja, tomó el micrófono de manos de un asistente y, sin dudar, admitió:
—Fui yo. Señorita Soto, ese “medicamento basura” del que hablas, lo desarrollé yo después de mucho trabajo.
Su profesor siempre le decía que no podía seguirle el ritmo a Eleonor, que a veces era una carga para el equipo. Así que decidió bajar un poco la vara y enfocarse en entender cómo se desarrollaban los medicamentos contra el cáncer más comunes del mercado.
Lo investigó, lo trabajó y finalmente, lo logró.
Después, Eleonor lo guardó en su computadora, como una especie de “cortafuegos” contra gente con malas intenciones.
Jamás imaginó que, en pleno evento y ante todos, acabaría siendo exhibido de esa manera.
Ahora, todo el mundo sabía que él se había pasado meses investigando un medicamento sin impacto real.
Algunos asistentes incluso soltaron risitas. Álvaro, intentando aliviar la incomodidad, le dio una palmada en el hombro.
—Oye, aunque no llegue al nivel de Ellie, tampoco está tan mal.
...
Al revisar los documentos, todos se quedaron boquiabiertos. ¡Las cifras eran impresionantes!
De hecho, el sesenta por ciento de los pacientes había mostrado mejores resultados de recuperación que los que el Grupo Rodríguez presumía en sus campañas.
Eleonor, notando la sorpresa en los ojos de muchos, aclaró:
—La efectividad del medicamento depende mucho de los hábitos de vida de cada paciente. Por eso, la información que difundimos es conservadora.
Y aun así, esas cifras superaban por mucho a cualquier empresa farmacéutica del país o del extranjero.
—¡No se dejen engañar por ella!
Virginia se negaba a rendirse. Probablemente, esa era su última oportunidad para hundir a Eleonor.
—¡No olviden que ella apenas tiene veinticinco años! Aquí todos son expertos reconocidos de la industria farmacéutica. ¿De verdad creen que una persona de veintitantos pudo desarrollar ese medicamento?
—¡Y apuesto a que ni sabían que solo estudió cuatro años medicina tradicional en la Universidad de Frescura! ¿De verdad no sospechan que aquí hay algo raro?
En resumen, Virginia se negaba a creer una sola palabra.

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