Llegados a este punto, Eleonor ya no tenía ninguna razón para seguir ocultando sus verdaderas capacidades.
Si Alma temía verla volar alto, ella haría justamente eso: se elevaría hasta donde nadie la alcanzara, hasta dejar a Alma sin espacio ni para respirar.
Y no se detendría ahí. Quería que Alma, esa asesina, pagara por lo que había hecho.
Ahora no solo Virginia y Alma se quedaron boquiabiertas; la mayoría de los presentes también se veía desconcertada.
¿Cómo era posible? Apenas tenía poco más de veinte años.
¿Y ya llevaba dieciséis años estudiando medicina?
Eleonor sintió de repente una mirada extraña posándose sobre ella. Siguió su instinto y, al buscar el origen, se topó con unos ojos cargados de picardía y algo de malicia.
Era un desconocido, alguien a quien jamás había visto antes.
Desde la zona de los invitados, Leonardo Molina, sin preocuparse lo más mínimo por la cortesía, sonrió y preguntó con tono juguetón:
—¿Se puede saber, señorita Muñoz, con quién aprendió tanto? ¿Quién fue su maestro?
Virginia no tardó en aprovechar ese detalle.
—Eso, Eleonor, ¿insinúas que empezaste a estudiar medicina a los ocho o nueve años? No inventes, no es lo mismo hojear libros en la sala de tu casa que aprender medicina de verdad.
—A esa edad, ¿quién en su sano juicio acepta a un niño como estudiante?
Para ellos, no era un estudiante, sino apenas una niña acompañando a un adulto.
Álvaro ya no soportó más y reviró con fuerza.
—Qué poco mundo conocen. A mí me gusta guiar a niños, tienen la mente limpia y pueden enfocarse en aprender. No como ustedes, que por un poco de dinero se transforman en gente de lo más ruin.
—Además, lo que están viendo aquí es fruto del trabajo de Eleonor. Ella sola desarrolló esto, sin meterse con los intereses de nadie.
Álvaro, viendo cómo su estudiante favorita era tratada de ese modo, terminó por dejarse llevar por la indignación. Cada palabra suya retumbaba en el salón.
Todos los presentes, quizá hasta ese día desconocían a Eleonor, pero ¿quién no conocía a Álvaro?


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