Eleonor arrugó la frente, y por instinto, volteó a ver a Iker. Notó que él tenía una expresión distante y habló con voz pausada:
—¿Desde cuándo el Grupo Rodríguez está bajo su mando?
Alma levantó la barbilla con desdén.
—Si mezclas tu vida personal y el trabajo de esta manera, ¿cómo pretendes que el Grupo Rodríguez siga en tus manos?
Al ver que Alma había llegado, Virginia soltó un suspiro de alivio.
Ahora quería ver cómo ese demonio de Eleonor iba a librarse de este embrollo.
La situación había escalado tanto que, a estas alturas, sin importar quién del equipo de proyecto tomara partido, la reputación de Eleonor iba a quedar por los suelos.
De repente, Eleonor soltó una sonrisa y miró a Alma con ojos duros.
—¿Así que sin pruebas ya está convencida de que este medicamento no lo desarrollé yo misma?
Pretendía condenarla solo con palabras.
Pedro, tentado por el puesto que Alma le prometió, no perdió tiempo y se sumó al ataque:
—Eleonor, no se ofenda si le digo la verdad, pero todos aquí podemos ver si usted de verdad tiene la capacidad de desarrollar este medicamento...
Jaime se enfureció:
—¡Pedro! ¡Habla con el corazón en la mano!
Iker intervino con tono seco:
—Déjalo hablar.
Pedro, que rara vez tenía la oportunidad de dirigirse a Iker, sentía la espalda empapada en sudor. Ya no había vuelta atrás, así que, reuniendo valor, siguió:
—Todos los que en el laboratorio dudaron de su capacidad terminaron expulsados.
—Bruno y Gael son el ejemplo perfecto. La verdad, al principio pensábamos igual que ellos. Usted es joven y estudió medicina solo unos cuantos años. Por más talento que tenga, ¿cómo va a desarrollar un medicamento tan efectivo?
Jaime apretó los dientes y reviró:


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