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Mi Marido Prestado romance Capítulo 410

Después de cenar, ni siquiera esperó que alguien le insinuara que se retirara; Iker fue el primero en levantarse.

—Ya es tarde, ha sido un día largo. Descansa, ¿sí?

Dicho esto, no le importó si Fabián captaba o no la indirecta y se fue sin mirar atrás.

Con las cosas así, Fabián no pensó quedarse más tiempo. Ayudó a meter los platos y cubiertos en el lavavajillas y luego dijo:

—Yo también me retiro.

Apenas terminó la frase, cambió el tono y, con una mirada sincera y una sonrisa cálida, añadió:

—Casi lo olvido: felicidades. Ahora podrás hacer lo que quieras, a tu manera.

Sabía bien lo que significaba para Eleonor el exitoso lanzamiento del medicamento.

Los labios de Eleonor se curvaron sin poder evitarlo.

—Gracias.

Mientras hablaban, llegaron juntos al área de los elevadores.

Cuando Fabián entró y las puertas se cerraron, Eleonor estuvo a punto de girar para regresar a su departamento. Sin embargo, justo en ese instante, la persona que antes se había ido con tanta seguridad de la puerta de enfrente apareció de nuevo, bloqueándole el paso.

Iker estaba ahí, erguido y serio, mirándola desde arriba. Echó un vistazo en dirección al elevador y preguntó:

—¿No piensas hacerte responsable?

Eleonor frunció el ceño.

—¿Responsable de qué?

—En internet ya corren todo tipo de chismes —replicó Iker, con una expresión de quien se sentía perjudicado—. Incluso hay gente diciendo que lo nuestro ya es inminente.

Cosas así, Eleonor sí las había visto en la red.

Lo miró con calma, y con un dejo de ironía contestó:

—Si la gente supiera cuánto me esforcé por alejarme de la familia Rodríguez, seguro que no pensarían así.

No hacía falta ni mencionar la muerte de sus padres; solo con el maltrato de Alma Rodríguez en sus primeros años, ya tenía suficiente para querer mantenerse lejos de ese nido de víboras.

Si no fuera por Iker...

Si no fuera porque alguna vez creyó que él era diferente...

—¿Y si te digo que sí? ¿Me creerías?

Su voz sonaba igual de profunda y serena que siempre.

—Eleonor, desde que tenías siete años y me llamaste ‘hermano’ por primera vez, nunca pensé en poner a nadie más por encima de ti.

Cuando Eleonor llegó a la familia Rodríguez, Iker ni siquiera se fijó en ella al principio.

Fue después, tras la muerte de sus padres, cuando Alma tomó el control. Ni siquiera hubo quién se atreviera a dar el pésame.

Aquella noche, Iker hacía guardia solo en la sala velatoria. De repente, Eleonor apareció de la nada, apretando en la mano dos caramelos de limón a punto de caducar. Torpemente, le peló uno y se lo metió en la boca.

La niña se sentó a su lado, flaquita, casi piel y huesos, tan pequeña que sus enormes ojos oscuros parecían aún más grandes, como uvas maduras.

Le preguntó si el caramelo estaba dulce.

—Mi mamá dice que cuando uno está triste, hay que comer algo dulce. Así, aunque por dentro duela, al menos la boca sabe a algo bonito —dijo ella.

Iker, sentado derecho junto al altar, saboreó el caramelo y preguntó:

—¿Y tu mamá? ¿Por qué estás aquí en mi casa?

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