—Ya no tengo mamá.
Ellie apretó los labios, como si estuviera a punto de llorar, pero en lugar de eso, esbozó una sonrisa. Tomó la mano de Iker y lo jaló hasta fuera del velorio, señalando las estrellas en el cielo.
—Ella y papá se convirtieron en estrellas allá arriba. Todos los días nos cuidan desde el cielo, a Nana y a mí.
—Hermano, seguro que tus papás también están allá arriba —añadió con una dulzura que rompía el alma.
Antes de irse, metió otro dulce en la mano de Iker.
Iker le preguntó:
—¿Y tú? ¿Te queda alguno?
—Ya no —negó ella con la cabeza, levantando la carita—, pero no lo necesito.
Después, Iker le preguntó a una de las empleadas de la casa y ahí se enteró de la verdad: ella sí los necesitaba. Nadie necesitaba esos dos dulces más que Ellie. Los había guardado tanto tiempo, que casi se le caducaban, pero no se atrevió a comérselos.
Desde entonces, Iker empezó a comprarle montones de golosinas, y se aseguraba de que se lavara los dientes en la mañana y en la noche.
Aun así, no logró evitarle las caries.
Cuando ella tenía apenas diez años, fue la primera vez que la acompañó al dentista. Ellie lloró y pataleó como si la estuvieran torturando y, entre sollozos, no dejó de repetir:
—Tú me prometiste que después del dentista todavía podría comer pastel en casa.
Iker nunca se había considerado alguien aferrado a los recuerdos, pero lo que vivió con ella se le quedó grabado en el corazón, echando raíces profundas. Año tras año, cada recuerdo regresaba y lo hacía extrañarla más, volviéndose incapaz de aceptar que ella, sin dudarlo, se había casado con Fabián.
Aunque él resolvió todo tan rápido como pudo, igual llegó un poco tarde.
No podía resignarse.
Nunca pensó en querer más a otra persona.
...
Cuando esas palabras llegaron a oídos de Eleonor, le sonaron como una burla.
Ella forzó una sonrisa amarga.
—¿Y cómo es eso de que me prefieres? ¿Fue cuando me dejaste de lado o ahora que me pides que aguante todo esto?
Las cosas entre ellos ya no eran como cuando eran niños.
Lo que él dijera, ella ya no podía creerlo con tanta facilidad.
Y lo que ella quisiera hacer, él ya no se oponía, solo la complacía.
Eleonor no sabía si él había cambiado o si era ella la que ya no era la misma.
...
De regreso en casa, Eleonor seguía dándole vueltas a lo que Iker le había dicho.
Él había asegurado que ya no pensaba en preferir a nadie. Entonces, ¿todos esos años, qué significaron? Por más que lo pensara, no encontraba una respuesta.
Mientras seguía perdida en sus pensamientos, Florencia le entregó un documento.
—Fabián me pidió que te lo diera. Pensó que si era él quien lo traía, no lo aceptarías.
Era el título de una casa independiente, ya a nombre de Eleonor.
Ella se quedó pasmada.


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