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Mi Marido Prestado romance Capítulo 416

—¿No será traficante de drogas...?

A Eleonor le pareció escuchar el chiste más grande del mundo, pero ni siquiera pudo esbozar una sonrisa.

¿Quién era ella realmente?

—¿Ellie?

Fabián la había estado esperando en la entrada del cementerio, pero al ver que no salía y recordando que estaba embarazada, temió que algo inesperado le hubiera pasado, así que decidió entrar a buscarla.

La encontró parada en las escaleras, con la mirada perdida, completamente distinta a como estaba hace un momento.

Parecía una persona que había perdido su hogar.

Fabián sintió un escalofrío y, acercándose con suavidad, le tocó el hombro y bajó la voz.

—Ellie, ¿te pasó algo?

Eleonor volvió en sí de golpe, levantando la vista hacia él, pero el sol la obligó a entrecerrar los ojos.

Negó con la cabeza.

—No es nada.

¿Qué podía decir? ¿Que ni siquiera sabía quién era en realidad? Resultaba demasiado triste.

Sin decir más, Eleonor comenzó a caminar hacia el estacionamiento. Fabián, inquieto, la siguió de cerca.

—¿Piensas quedarte unos días en Aguamar o prefieres regresar hoy mismo a Frescura?

Aguamar y Frescura no estaban tan lejos, en carretera se llegaba en dos o tres horas. Ir y volver en el mismo día era normal.

En un principio, Eleonor había planeado quedarse dos noches y pasar por la casa donde vivió con sus padres, solo para recordar.

Ahora, ni siquiera sabía a dónde podía ir.

Sus padres no eran realmente sus padres, esa casa tampoco era suya.

Aunque en el fondo seguía agradeciendo que la hubieran rescatado y aún odiaba a Alma por haberlos matado, en ese instante se sentía incapaz de digerirlo todo. Estaba confundida y sin saber qué hacer.

—Regresemos a Frescura. Ahora mismo —dijo Eleonor, con voz apagada.

Al hablar, ambos ya habían llegado al estacionamiento. Fabián no pensaba dejarla conducir en ese estado, así que propuso:

—¿Te llevo yo de regreso?

Eleonor se sorprendió.

—¿Ya terminaste tu viaje de trabajo?

Dicho esto, cerró la puerta del carro y rodeó el cofre para ir a la panadería.

Estaba a punto de llegar a la entrada cuando, de pronto, un estruendo sacudió el aire.

—¡Bam!—

El corazón de Fabián dio un vuelco. Se giró de inmediato y lo que vio lo dejó helado: ese carro blanco, el Panamera, había sido embestido brutalmente por una camioneta negra que venía en sentido contrario. El vehículo quedó ladeado, el cofre hundido y destrozado.

Al bajar antes, Fabián había dejado la ventana del copiloto un poco abierta para que Eleonor tuviera aire.

Desde ahí podía ver con claridad la bolsa de aire desplegada, y la sangre que bajaba por la sien de Eleonor.

La piel de ella, siempre tan clara, ahora resaltaba aún más la mancha roja, y la escena le heló la sangre a Fabián.

Sintió que el corazón se le apretaba, como si alguien se lo hubiera arrancado del pecho. Olvidó cómo respirar; lo único que pudo hacer fue correr hacia allá lo más rápido posible.

—¡Ellie! ¡Eleonor!

Abrió la puerta del carro de un tirón. Al verla inconsciente, recostada en el asiento, las manos y piernas le temblaron. Ni siquiera se atrevió a tocarla.

Lo primero que le vino a la mente fue el miedo.

Un miedo tan grande que lo dejó paralizado.

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