Durante estos días, Dante había mantenido a su gente vigilando a Eleonor en secreto, pero el carro que provocó el accidente apareció tan de repente que ni siquiera tuvieron tiempo de interponerse.
Apenas recibió la noticia del accidente, Dante avisó a Frescura de inmediato.
Al escuchar lo sucedido, Iker sintió cómo el corazón se le detenía unos segundos. Se levantó de golpe.
—¿Dónde está ella? ¿Cómo está?
—Señorita…
Dante, consciente de que había fallado en su responsabilidad, apenas pudo articular:
—Desapareció.
Tras el accidente, la zona quedó completamente bloqueada. Solo unos cuantos carros oficiales que salieron del gobierno local lograron pasar por la calle cerrada.
Para cuando los hombres de Dante llegaron, Eleonor ya no estaba en su carro.
La respiración de Iker se volvió pesada, su voz tan cortante que parecía hielo en enero.
—¿Desapareció? ¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
—Señor…
César no pudo evitar adelantarse un paso.
—El que planeó esto eligió Aguamar a propósito, justo para evitar nuestro control. No tiene sentido que se la tome contra Dante. Lo importante es encontrar a la señorita...
El pánico lo devoraba, pero Iker respiró hondo, se obligó a recuperar la calma y apretó los dientes.
—Vamos a Aguamar.
Apenas subió al carro, marcó el número de Benicio.
Aguamar era territorio de la familia Estrada; si alguien se atrevía a secuestrar a una persona allí, la familia Estrada no tardaría en averiguar la verdad, incluso más rápido que él.
Durante el trayecto, César, sentado al frente, miraba a su jefe por el retrovisor. Lo veía tan tenso y callado que no pudo evitar rezar internamente.
Cuando la señorita se casó, el jefe tardó mucho tiempo en recuperarse.
Si ahora le pasaba algo...
César prefería no imaginarlo.
Además, la señorita apenas empezaba a respirar tranquila y a vivir sin tantas penas.
...
Cuando Eleonor recuperó la conciencia, sintió un dolor leve en la frente y el inconfundible olor a desinfectante invadía el aire.
Sin embargo, algo no encajaba. Ese tipo de atentado era demasiado torpe.
Hace veinte años, la familia Rodríguez había usado esa táctica para acabar con sus padres. ¿De verdad Joel, después de tanto tiempo, volvería a lo mismo para matarla?
Eso sonaba a desesperación pura.
Joel no era ningún improvisado; aunque llevaba años en prisión, seguía teniendo gente poderosa afuera. Si quisiera matarla, tenía muchas formas de hacerlo y que pareciera un accidente cualquiera, sin llamar la atención.
No como ahora, organizando un desastre en plena calle, atrayendo incluso la mirada de la familia Estrada.
Mientras Eleonor seguía intentando desenredar el rompecabezas en su mente, alguien tocó la puerta de la habitación.
—Debe ser mi mamá —comentó Simona, dándole palmaditas en la mano para que siguiera acostada.
Simona fue a abrir la puerta. Cuando Eleonor aún estaba en urgencias, Simona ya había llamado a Yolanda Estrada.
Y, en efecto, era Yolanda quien esperaba afuera.
—¿Cómo sigue Ellie?
Simona recibió la silla de ruedas de manos de la empleada y empujó a Yolanda hacia la cama.
—Se golpeó la cabeza, pero no es grave. Tiene un poco de conmoción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado