El día del cumpleaños de Leopoldo, Eleonor se levantó temprano y primero le hizo un tratamiento de acupuntura a Yolanda.
La fiesta estaba programada para la noche, así que en el desayuno, además de la familia Estrada, solo estaba ella como invitada.
Yolanda, preocupada de que Eleonor se sintiera incómoda, la invitó a sentarse a su lado, así podía acercarle los platillos con facilidad.
Amelia observaba la manera en que ellas interactuaban, casi como madre e hija, y debajo de la mesa apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas le dejaron marcas rojas en la palma.
No podía evitar recordar que, años atrás, cuando Yolanda tuvo a Zoe, también había empezado a prestarle menos atención.
Y ahora, la historia se repetía.
Ni quería imaginar lo que pasaría si Eleonor realmente se convirtiera en la Zoe de la familia Estrada. ¿Cuánto la consentirían? ¿Hasta dónde llegaría el cariño por esa intrusa?
Y entonces, ¿ella seguiría teniendo un lugar en esa casa?
Cuanto más lo pensaba, más clara tenía una cosa: no iba a dejar que eso sucediera.
Pero, para sorpresa de Yolanda, Eleonor no parecía ni un poco cohibida. Violeta Estrada, quien siempre andaba buscando consejos para cuidarse, ya la había jalado a platicar durante el desayuno del día anterior.
Ahora, repetía la escena.
Quizá Eleonor no era experta en muchas cosas, pero en ese tema tenía a Violeta fascinada.
Violeta abrió los ojos como platos.
—¿Entonces tú dices que es mejor aguantarse un poco el hambre?
—Así es —contestó Eleonor con una sonrisa amable—. Estar siempre llena no le hace bien al cuerpo. Especialmente usted, señora, debería comer ligero y solo hasta sentirse satisfecha, no más de un setenta por ciento.
¿Y si le daba hambre en la noche?
No pasaba nada, un poco de hambre no le haría daño.
Aunque claro, ese consejo era específico para Violeta. El cuidado de la salud debe adaptarse a cada persona.
—¿Escuchaste eso? —Violeta le lanzó una mirada a Leopoldo—. No quiero volver a oírte decir que estoy demasiado flaca.


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