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Mi Marido Prestado romance Capítulo 436

En la mesa, nadie dijo nada. Amelia, frustrada, terminó cerrando la boca.

Ni ella misma se esperaba que hasta Simona, que siempre evitaba el trato social, también mostrara cierta estima por Eleonor.

De repente, Benicio Estrada soltó una risa burlona y echó leña al fuego:

—¿Oíste, papá? La hermana mayor le mandó callar la boca a tu consentida y ni así la regañas.

...

Ireneo frunció el ceño y lo miró tajante.

—Ya cállate tú también.

En esa casa, nadie se salvaba de los regaños de Simona.

Incluso Leopoldo, que llevaba décadas fumando, tuvo que dejar el vicio por las buenas... o más bien, por las malas, a punta de la firmeza de Simona.

Si alguna vez lo cachaban fumando a escondidas, le caía un buen sermón.

Benicio soltó un resoplido.

—Ustedes sí que saben con quién meterse y con quién no.

Rufino Estrada sonrió con picardía.

—Y eso te pasa por rebelde. Si no, quién sabe, capaz que ahora tú serías el que manda en esta casa.

En sus años jóvenes, Benicio se había empecinado en estudiar medicina, mientras el jefe de la familia insistía en mandarlo al ejército como médico militar.

Pero Benicio se negó rotundamente a irse a la tropa donde el viejo pudiera vigilarlo, así que una noche, sin decir nada, huyó a Frescura y se refugió con el hijo de la familia Rodríguez.

Benicio bufó incrédulo.

—Ni que lo digas, si la hermana mayor me agarra, seguro me deja sin respiración.

Simona le lanzó una mirada que cortaba.

—Si sigues de necio, te mando directo a la tropa ahora mismo.

...

En ese instante, Benicio se quedó mudo. Ni siquiera se atrevió a revirar.

Eleonor, observando la escena, no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. La familia Estrada, dejando a un lado a Amelia, tenía una calidez especial en su ambiente.

No pudo evitar imaginarse a sí misma con un par de hermanos o hermanas.

Pelearse de vez en cuando, bromear entre todos... tal vez eso también era una forma de felicidad.

Violeta, resignada, se frotó la parte de atrás de la cabeza.

—Ya, ya, dejen de pelear, que me están dando dolor de cabeza.

Yolanda, sentada junto a la abuela, preguntó con preocupación:

Yolanda se sorprendió.

—¿No necesitas agujas ni nada de eso?

—Por ahora no hace falta.

Eleonor sonrió con tranquilidad.

—Pero si quiere de verdad eliminar el problema, lo ideal sería hacerle un tratamiento de acupuntura por un tiempo.

Ayer, cuando platicó con la abuela sobre cómo cuidarse, ya le había revisado el pulso.

Fuera de la migraña, no tenía nada serio.

Pero Eleonor tenía que regresar a Frescura en un par de días, así que no podría venir regularmente a Aguamar a atenderla.

Por eso, lo mejor era darle un masaje para calmar el dolor ahí mismo.

En un rincón, Amelia miraba la escena. Observó cómo, uno por uno, todos en la familia Estrada empezaban a ver a Eleonor como alguien especial. Una mueca desdeñosa se dibujó en sus labios.

Esperó con ansias la llegada de Virginia Soto. Quería ver cuál sería la reacción de la familia Estrada: ¿elegirían a la hija perdida hace años o a una doctora como Eleonor?

En su conciencia no había rastro de culpa.

Al final de cuentas, fue Zoe quien la traicionó primero. Desde el día en que nació, Zoe le había quitado todo el cariño y la atención que por derecho le correspondían.

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